Úbeda

Contexto histórico

El municipio de Úbeda se encuentra localizado en el centro geográfico de la provincia de Jaén, limítrofe con la vecina Baeza, cuyos conjuntos monumentales renacentistas alcanzaron la declaración de Patrimonio Mundial en 2003. Se asienta sobre la cara meridional de la denominada loma de Úbeda, un sistema amesetado delimitado por los valles de los ríos Guadalquivir y Guadalimar, estando la ciudad a una altitud media de 742 m.

Asentada sobre estratos de arenisca y calizas, disfruta de acuíferos subterráneos que históricamente han aportado el agua necesaria para su habitabilidad. Además, los recursos aportados por los ríos de su término y la construcción de embalses aseguran el abastecimiento y riego de cultivos.

La primeros vestigios de asentamiento en el casco urbano ubetense datan de mediados del IV milenio a. C, cuando una sociedad agrícola y ganadera, aún bastante rudimentaria, se asienta en el extremo sur de la ciudad, en el área urbana actualmente conocida como Eras del Alcázar.

En adelante la ciudad padece un periodo de retroceso en contraste con la consolidación de asentamientos urbanos en ambos márgenes del río Guadalquivir, en especial el núcleo de carácter íbero-romano conocido como Úbeda la Vieja.

La existencia de restos de época ibérica y romana dentro del Conjunto Histórico ha sido documentada de forma muy puntual. La existencia de elementos constructivos realizados durante el Bajo Imperio, nos indica que la ciudad sería un espacio habitado de forma continua durante los primeros siglos de nuestra era.

No será hasta la dominación islámica cuando la ciudad vuelva a refundarse entre 822 y 852 como Ubbadat Al-Arab bajo el patrocinio del emir cordobés Abd al-Rahman II, otorgando un nuevo marco jurídico y un nuevo sistema de gobierno, con instituciones administrativas y construcciones de carácter público, religioso y militar. Del devenir histórico de la Úbeda omeya apenas tenemos datos arqueológicos que avalen su desarrollo político y urbano.

Tiempo después, con el avance de la Reconquista, la ciudad sería objeto de los intereses cristianos. Fue conquistada por Alfonso VII de Castilla en 1147, siendo ciudad castellana durante diez años hasta la contraofensiva almohade de 1157 que la devuelve a dominio musulmán sufriendo otra vez un periodo convulso por las constantes luchas musulmanas por obtener su control y los continuos ataques castellanos, a ésta y otras ciudades próximas a Sierra Morena. Finalmente los castellanos serían derrotados en la batalla de Alarcos en 1195. Sin embargo, en 1210 se reinicia la ofensiva castellana que culminaría con la batalla de las Navas de Tolosa en 1212 y que abriría las puertas de la vega del Guadalquivir a los cristianos. Con la capitulación y conquista de Úbeda en 1233 tras seis meses de asedio, Fernando III de Castilla consolidó su posición en la orilla septentrional del río Guadalquivir.
El establecimiento de la frontera entre Castilla y Granada en el curso del río Guadalquivir hará que Úbeda se convierta en una plaza militar estratégica para las fuerzas castellanas en la defensa del reino cristiano frente a la amenaza musulmana. Ello da lugar a un mayor refuerzo de sus murallas y al establecimiento de una élite militar de origen castellano que será el germen del importante estatus que alcanzará la nobleza ubetense dentro y fuera de la ciudad.

El continuo estado de guerra en el que estuvo sumido la ciudad como posición de vanguardia frente al Reino de Granada, la guerra civil castellana entre Pedro I y Enrique II o la minoría de edad de monarcas como Fernando IV o Alfonso XI, harán que los reyes castellanos otorguen grandes privilegios a Úbeda para ganarse o recompensar su favor.

Esta necesidad de mostrar el poder familiar en la ciudad se hizo mayor aún cuando, finalizada la guerra de Granada y concluida la Reconquista, la elite nobiliaria adquiere un periodo de bonanza económica y riqueza que les permite consolidar su nobleza y fundar mayorazgos.

Es ahora cuando aumenta el interés por levantar casas solariegas, palacios y capillas funerarias, a lo que se suma la necesidad de reconstruir los destrozos ocasionados por la sublevación de los Comuneros. Será el Renacimiento el estilo importado por los nobles locales que, tras ocupar puestos de importancia en la Corte e impregnados de Humanismo, desean que sus edificios se levanten en este estilo mucho más racional y moderno, imitación de los clásicos griegos y romanos. Úbeda renace viviendo uno de sus mayores momentos de esplendor y riqueza. Pero esta circunstancia no puede continuar indefinidamente. Las continuas crisis agrícolas y las inclemencias climatológicas harán que la subsistencia en la ciudad sea cada vez más difícil. La baja demanda de productos suntuarios ralentiza el comercio y la producción artesanal, provocando la emigración de artesanos y comerciantes. Igual ocurrirá con la nobleza, que emigra a la Corte y otras ciudades tales como Granada, Sevilla, Toledo, en busca de cargos administrativos más relevantes e influyentes. El clero crece exageradamente y mantiene sus conventos con las rentas de las manos muertas que la nobleza pudiente en su día otorgó, y comienzan a ser insuficientes para su mantenimiento. Todo ello ocasionará un aumento de la pobreza, padeciendo el común hambrunas y enfermedades, sin que el Concejo pueda actuar dada la situación de crisis a la que estaba sometido por las continuas exigencias económicas y militares de la Corona.

Con la llegada del siglo XVIII y el nuevo cambio dinástico en la Corona, ahora ocupada por los Borbones a los que Úbeda apoyó desde el inicio del conflicto, la ciudad vuelve a tener un periodo de bonanza. Las ideas ilustradas hacen despertar la mermada nobleza local que con nuevas iniciativas económicas y sociales atraen nuevas fuentes de riqueza. Surge un incipiente interés por la industria, junto con una mejora de la agricultura y de las rutas comerciales que aportan recursos a la sociedad ubetense. La ciudad por tanto se transforma, modifica su trazado, reconstruyendo nuevos edificios sobre restos renacentistas o imitándolos, restaurando los degradados espacios de culto y mejorando el abastecimiento de aguas y el acondicionamiento de puentes y caminos, facilitando la comunicación, entre otras, con las nuevas poblaciones de Sierra Morena.

El siglo XIX y principios del XX estarán marcados en lo político por la lucha entre liberales progresistas y moderados que han de enfrentarse a los numerosos contratiempos militares, políticos y económicos que padece la ciudad. La guerra de la Independencia o las guerras carlistas harán que Úbeda acreciente su ruina económica impidiendo el alcance de sus expectativas.

Sin embargo, la llegada del Liberalismo, pese al sistema caciquil impuesto, trajo nuevos aires al desarrollo local, destacando entre ellos las desamortizaciones que permitirán al municipio disfrutar de nuevos espacios para uso público. Una nueva clase social empieza a dominar la urbe, la burguesía terrateniente e ilustrada. Es en este momento cuando se desarrolla un urbanismo más racional, la ordenación de calles y fachadas, la introducción del saneamiento y la extensión del casco urbano con nuevos ensanches.

La muralla de Úbeda a lo largo de la historia

El barrio del Alcázar es el más antiguo de la ciudad de Úbeda. La trama urbana actual se desarrolla dentro del primitivo recinto amurallado medieval: el Alcázar islámico. Desde su origen, este barrio ha constituido un área con total autonomía, casi una isla, debido al mantenimiento de su cota, elevada a modo de plataforma sobre el resto del terreno, y a sus limitados accesos, condicionados por la ubicación de las primitivas puertas de la muralla y por la propia topografía. Su borde norte y zona de conexión con el resto del casco histórico lo constituye la plaza Vázquez de Molina, localización de los edificios monumentales representativos de las grandes trasformaciones urbanísticas que se desarrollan en Úbeda a lo largo del s. XVI.

Vista de la zona denominada Eras del Alcázar previa a la intervención arqueológica - Ayto. Úbeda

Actualmente este barrio se configura como el límite meridional de la ciudad; un espolón sobre el valle del Guadalquivir delimitado por pendientes muy pronunciadas y, probablemente, por fortificaciones desde la prehistoria, que en época medieval acabaron definiendo el primer recinto amurallado islámico de Úbeda: El Alcázar. Desde las primeras comunidades, la elección de este lugar para establecer asentamientos estuvo determinado, además de por sus óptimas condiciones de defensa natural y de numerosos manantiales y reservas de agua, por la privilegiada situación que mantiene sobre el territorio circundante.

Murallas y torreones del recinto del Alcázar recuperados tras la demolición de las construcciones adosadas. Calle Saludeja - Eduardo Samblás Martínez

La muralla medieval de la ciudad es una de las muestras de la intervención musulmana en el urbanismo ubetense, pero tras la reconquista ésta fue fuertemente modificada y ampliada. El primer recinto defensivo de la ciudad, correspondiente al Alcázar, fue posteriormente ampliado hasta dar lugar al recinto amurallado que en la actualidad se conoce y que constituye el Casco Histórico de Úbeda. Fuentes documentales citan una tercera cerca, ya de origen cristiano, en torno a los arrabales, la cual todo parece indicar tuvo más carácter fiscal que defensivo. Con respecto a los restos conservados de la muralla musulmana hay que señalar que las continuas reformas emprendidas para reconstruir y reforzar su solidez ha llevado a enmascarar su origen, documentándose este proceso gracias a las intervenciones realizadas en el extremo sur del recinto amurallado y en el solar de la plaza Vázquez de Molina nº 7.

Respecto a la distribución de accesos, puertas y portillos volvemos a encontrar dificultades para delimitar tanto su ubicación exacta así como el diseño y composición de las mismas. Solo podemos señalar como del siglo XIV la puerta del Losal, ubicada en el acceso desde levante, desde el arrabal de San Millán. Del XV es la llamada puerta de Granada. De la tercera puerta histórica conservada, la del Santa Lucia, solo se conserva original el arranque del arco en piedra y su cimentación, muy camuflado todo por una reconstrucción del conjunto en los años 80 del siglo pasado.
Tras la conquista castellana en 1233, Úbeda se ve sometida a una reestructuración y reconstrucción, adaptando el urbanismo de la misma a las necesidades de la nueva sociedad. La primera sería la consolidación de la ciudad y refuerzo de sus murallas. La segunda necesidad sería el establecimiento del culto cristiano en la ciudad.
La ciudad, realenga desde su conquista, necesitaría de la autorización o promoción real para desarrollar labores de construcción en sus espacios urbanos. De especial interés para la Corona serían las defensas de la urbe, las cuales necesitarían de grandes reparos tras un siglo de constantes asedios por partes de cristianos y musulmanes. Se repararían puertas, murallas y el Alcázar, que sería especialmente reforzado. Para ello fueron otorgados numerosos privilegios con el fin de satisfacer el erario necesario para llevar a cabo el mantenimiento de la cerca militar, empresa en la que la nobleza local y las órdenes militares también contribuyeron. Destaca el imponente fortalecimiento de la línea septentrional del Alcázar, donde se articuló una barbacana precedida de un muro ciclópeo en talud, y que ha sido documentado en la plaza Vázquez de Molina, en la intervención realizada en el solar nº 7.

Conjunto defensivo recuperado en la zona septentrional del Alcázar en el que destaca el imponente muro ciclopeo en talud. Plaza Vázquez de Molina, 7 - Rafael Lizcano Prestel

Respecto a su viario señalar que la información arqueológica progresivamente está refutando la hipótesis de la pervivencia islámica. De forma muy sintética, los datos inciden, de manera recurrente, en que tras la conquista de la ciudad se genera un profundo e intenso proceso de sustitución y transformación de la trama urbana que afecta no sólo a las construcciones de época musulmana, que prácticamente desaparecen, sino incluso, a la red viaria. La trama urbana que hoy conocemos es producto de un proceso de sustitución radical que se inicia a partir de mediados del siglo XIII.

Tras el ocaso del Renacimiento en la ciudad, Úbeda entra en un periodo de oscuridad y decadencia. La hambruna y las epidemias, así como la presión fiscal, harán mermar la riqueza de la ciudad que inicia un ciclo decadente dominado por el clero poseedor de gran parte de las tierras en manos muertas y por una nobleza terrateniente que se sustentan con las rentas y propiedades heredadas de sus antepasados. La ciudad paraliza su expansión, y se despuebla en el barrio del Alcázar y los arrabales de San Juan Evangelista, San Juan Bautista y San Millán.

Es en este momento cuando por fatiga de los materiales o por una mala cimentación o construcción de los edificios asistimos a la constante reparación y reconstrucción de templos, palacios y edificios públicos. A ello ayudan los desastres naturales como el terremoto de Lisboa de 1755. Las murallas han comenzado a ser revestidas de viviendas que ocupan el espacio entre torreones, apropiándose de ellos a la menor posibilidad. En otros lugares éstas empiezan a sucumbir por la falta de erario con el que mantenerlas.

La llegada del siglo XIX traerá para la ciudad nuevas oportunidades a costa de su patrimonio eclesiástico. Surge en estos momentos un racionamiento del urbanismo orquestado desde el ayuntamiento que sanea las calles de la ciudad y rediseña sus espacios en una constante adaptación a las necesidades de la población, práctica que ha llegado a la actualidad.

Además la ciudad empieza a modificar el viario, siendo perjudicadas la muralla y sus puertas que se demuelen para facilitar los accesos al recinto intramuros en el que terminarán instalándose rudimentarias industrias de productos agroalimentarios. A ello se suma el total abandono de las antiguas colaciones de San Evangelista y San Juan Bautista que pasan a constituirse en huertas o donde se instalan industrias artesanales aprovechando los recursos hídricos que manan desde las zonas amuralladas próximas. El antiguo barrio del Alcázar, muy despoblado, se convierte en eras de trillar, adquiriendo el nombre por el que actualmente se conoce a la zona.

Un recorrido por la muralla

1. Palacio de Rodrigo Orozco (s. XVI)

Los restos de este palacio se localizan en un solar situado en el lado meridional de la plaza de Vázquez de Molina. La intervención arqueológica realizada en 2006 ha constituido un revulsivo para la historia local al documentarse como se articulaba la primera y potente línea de fortificación que protegía el perímetro norte del Alcázar, su posterior proceso de demolición, y la aparición de un palacio inacabado del s. XVI.
La primitiva muralla musulmana del frente septentrional del Alcázar mantiene el trazado de estructuras defensivas del II Milenio a. C. y el Bajo Imperio Romano. Está formada por dos caras de mampostería concertada de mediano tamaño niveladas con restos de cerámica y tejas, alcanzando un espesor superior a los 2,50 m. Al interior de las dos caras de piedra, el relleno se realiza con tápiales calicastrados. Dispone también de un antemuro de 0.75 m. de ancho de mampostería irregular separado del muro principal una distancia media de 5,5 m. dando lugar a la liza.
Tras la conquista la muralla se refuerza por su interior con un muro de 1.3 m. de ancho realizado con mampostería irregular, más trabajada en su cara vista, y unido al muro musulmán con mortero de color amarillento. El antemuro también es reforzado con otro muro de las mismas características y un metro de espesor. Además se le incorpora al frente un muro ciclópeo unido en seco y un alzado en talud de más de cuatro metros que viene a reforzar las defensas de la barbacana. Este conjunto defensivo se sitúa a una cota superior a la actual de la plaza Vázquez de Molina.
Igualmente ha podido documentarse el proceso de demolición y amortización de estas fortificaciones, llevado a cabo para liberar de obstáculos la fachada del palacio renacentista ubicado detrás. La técnica utilizada para demoler los muros era horadar su base para luego simplemente tirar de ellos. Los restos de lienzos de muralla derribados colmataron el arroyo de la Azacaya que discurría en torno al Alcázar.
Respecto al palacio, propiedad atribuida a Rodrigo de Orozco y Aranda, tan solo podemos decir que es una construcción de mediados del s. XVI, de la que hasta el momento se ha descubierto parte de la fachada principal y la primera crujía –se entiende que la planta del palacio se extiende por los solares colindantes-, conservándose un alzado medio de tres metros, y elevado más de cuatro metros sobre el nivel de la plaza. Consta de ornamentación de traza renacentista similar a la empleada en el palacio del Deán Ortega. En el solar hay evidentes muestras de que el palacio se encontraba en construcción.

2. Antiguo Pósito (s. XVI-XX)

Construido en el último tercio del s. XVI, con el tiempo llegó a ser cárcel y oficina de reclutamiento, para finalmente ser hoy Comisaría de Policía. Del edificio original sólo conservamos los muros, destacando los sillares ciclópeos del extremo izquierdo de la fachada norte. La portada principal data de 1796. En el s. XX asistimos a una modificación total de sus fachadas que le da el aspecto que actualmente tiene.
Con toda probabilidad fue levantado sobre los restos de una de las principales puertas del Alcázar y, en su patio trasero se ha documentado el trazado de la muralla norte de este primer recinto amurallado.

3. Puerta del Baño

Torreón y restos del arco denominado de El Baño - Rafael Lizcano Prestel

En la encrucijada de la calle Prior Monteagudo con La Saludeja era el lugar donde la muralla del Alcázar se unía a la primera ampliación del recinto amurallado, debiendo existir en esta zona al menos una puerta de acceso al Alcázar, y una segunda puerta en los nuevos muros. Al principio de la cuesta del Carvajal, en la trasera de un torreón, se conserva el arranque de un arco que puede ser identificado como una de las puertas, la del Alcázar. Respecto a la segunda, la llamada puerta del Baño, estuvo en pie al menos hasta mediados del s. XIX, recibiendo dicho nombre por la supuesta existencia de unos baños de los que no quedan restos, aunque si se ha documentado la existencia de tenerías en la colación de San Juan Evangelista y próximas a dicha puerta. En el inicio de la calle Saludeja podemos ver dos torres completas de tradición almohade y otros restos del recinto amurallado recuperados tras la demolición de las viviendas que las ocultaban, y que por sus características y composición son las menos alteradas de las conservadas en la ciudad.

4. Puerta de Granada

La puerta de Granada constituye en la actualidad un recinto muy modificado donde llegaron a existir al menos tres puertas. Actualmente se conserva la llamada puerta de Granada, datada del s. XV y que consta de un doble arco de medio punto en línea con la muralla. Acompañaba a ésta otra puerta hoy desaparecida, llamada de San Lorenzo y que se ubicaría a pocos metros a su izquierda junto a la iglesia del mismo nombre. Por último, cerraría el espacio una nueva línea de muralla con otra puerta desde el que parte el Camino Real hacia Granada, y que se encontraría al inicio de la ronda Antonio Muñoz Molina, donde se conserva la base de un gran torreón. En medio quedaría un abrevadero y unas tenerías de las que apenas quedan restos. En este espacio es conveniente fijarse en las modificaciones realizadas en el muro, con especial atención al arco ojival existente sobre el abrevadero.

5. Murallas y torreones de la Cava (s. X-XV)

Vista del torreón más meridional de los conservados en la calle Cava, con evidentes signos de deterioro y falta de consolidación de su estructura - Eduardo Samblás Martínez

La calle de la Cava adquiere su nombre posiblemente por constituir en su longitud un foso ante la muralla por el que discurría un curso de agua que desembocaba en El Torrontero al final de la calle. Es configurada por el desarrollo que en esta zona tiene la muralla de la cual se conservan numerosos lienzos, algunos de los cuales han salido a la luz tras la demolición de las casas adosadas y que muestran las características de la reconstrucción castellana mediante escudos. Hasta siete torres se han documentado a lo largo de esta calle, algunas integradas en las viviendas y una puerta, llamada de Jaén o San Francisco, al inicio de la calle Condestable Dávalos, de la que sólo hay referencias escritas. De ellas destacan en el tramo central de la calle, la torre del Santo Cristo, de mayor altura que las demás debido a las muchas reconstrucciones que ha sufrido. En su interior podemos ver los restos de un torreón formado por mampostería y relleno de tierra y pequeñas piedras. Esta primitiva estructura musulmana fue embutida en la construcción de la nueva torre cristiana. Dividida en dos cuerpos y terraza, al segundo de ellos se accede desde el adarve. Este espacio de la muralla fue fuertemente modificado por una intervención de reconstrucción en el s. XX, añadiendo al conjunto el portillo que se sitúa a la derecha de la torre.
La torre del Santo Cristo, llamada hoy así por estar situado en la esquina de la calle del mismo nombre con la Cava, en la actualidad es ocupada por el Centro de Interpretación de las Murallas de Úbeda.

6. La puerta de la Calancha o del Santo Espiritu

Este acceso a la ciudad, desmantelado en 1866, también tenía el nombre de postigo del Marqués. La razón de sus nombres se debe a los edificios y topónimos que le rodean. Junto a ella se encontraba el hospital del Santo Espíritu, hospicio de huérfanos y pobres que desapareció tras la desamortización. Al interior se encuentra el palacio del Marqués de la Rambla, promovido por Francisco de Molina y Valencia en el último cuarto del s. XVI imitando su portada las trazas realizadas por Vandelvira en el palacio de Vela de los Cobos. La Calancha hace referencia a la vía extramuros de la ciudad en dirección oeste y que ha conservado el topónimo al denominarse en la actualidad calle Ancha, y en cuyos números pares se ha documentado enterramientos musulmanes del s. XIII. De la ubicación de aquel arco en la actualidad nos queda, aparte de su toponimia en el viario, una plazoleta acrecentada para dar perspectiva a la fachada y un corte en la muralla con una hornacina que guarda una copia de la talla de la Virgen de la Luz, imagen del s. XIII y probablemente procedente de la iglesia del hospital adyacente cerrada por ruinosa en 1855.

7. La plaza y puerta de Toledo

Separada de la anterior puerta apenas unos 200 metros, distancia correspondiente a la calle Rastro, encontramos la plaza de Andalucía, antigua plaza de Toledo o plaza de Arriba en la toponimia medieval y moderna (para diferenciarse de la de Abajo, la del Mercado). En ella se encuentra la torre del Reloj, y los restos urbanos de la doble puerta de Toledo. La plaza constituye un espacio abierto extramuros de la principal puerta de acceso a la ciudad a la que llegan dos de las principales vías la compuesta por Obispo Cobos-Mesones, antiguo camino a Baeza, y Torrenueva-Trinidad, antiguo camino a Sierra Morena y la Meseta. Ello infiere a este espacio un carácter comercial relevante en la ciudad, siendo muestra de ello los soportales corridos que en la actualidad sustituyen a los de antaño.
En el s. XVI se decide ubicar en la plaza un reloj y campanario, dada su centralidad en el casco urbano, muy extendido ya en las colaciones de San Isidoro, San Nicolás y San Millán. Para ello se aprovecha una torre de la muralla a la que se dota de mayor altura para albergar la maquinaria del reloj y se le añade un templete en el que se instalan las campanas. A sus pies y ante la muralla se instalarán las antiguas carnicerías, hoy un edificio de 1855 muy reformado y que acoge la Oficina Municipal de Turismo.

Respecto a la puerta de Toledo, al inicio de la calle Real, sólo podemos confirmar que fue demolida en 1875 para ensanchar el vial. Este acceso a la ciudad se componía por un sistema de doble arco, el primero de los cuales, la puerta de Toledo, sería reconvertido en arco triunfal renacentista para conmemorar la llegada a la ciudad de Felipe II. El segundo, llamado arco del Santo Cristo por tener una hornacina con una imagen cristífera, correspondería a un arco ojival construido en piedra y ladrillo y que venía a cerrar un espacio entremuros. Este segundo arco fue demolido años antes, en 1862, debido a su mal estado de conservación y al interés especulador de los propietarios colindantes. Nos queda de su construcción el acceso con doble recodo al inicio de la principal vía del casco antiguo de la ciudad, dando lugar a numerosas interpretaciones sobre como estaba trazado este espacio con murallas, puertas y dos plazas, una entre muros y otras tras la segunda puerta.

8. Torre Octogonal (s. XIII-XV)

Torre albarrana de planta octogonal. Su diseño la convierte en la única de su estilo en la ciudad - Eduardo Samblás Martínez

Mediada la calle Corredera de San Fernando y adelantada unos metros a la línea de la muralla e independiente a la misma por la pérdida de estructuras, encontramos una torre albarrana de planta octogonal datada del s. XIII, y reformada en el s. XV. Su construcción al igual que el resto del recinto amurallado es de mampostería con saeteras y tres matacanes. Su interior es macizo en la parte inferior, mientras que la parte superior tiene una estancia con bóveda y acceso a la terraza.
Esta parte del recinto amurallado, compuesto por la torre octogonal, un segundo torreón a escasos metros más abajo, ubicado en el patio de la casa de la Tercía (hoy Centro de Interpretación del Olivar y Aceite) y el lienzo de muralla que los uniría, fueron restaurados en los años 80 del pasado siglo recuperando el conjunto tras la demolición de las viviendas que lo ocultaban, momento en que se incorpora el portillo de acceso a la calle Ventanas.

9. Puerta de la Coronada, palacio de Luis de la Cueva (s. XVII-XXI) y convento de la Concepción (s. XVII)

Palacio de Luis de la Cueva. Bajo relieve ornamental de un perfil masculino elaborado en piedra caliza - Rafael Lizcano Prestel

Nos encontramos en un espacio urbano formado por una única plaza, hoy dividida por varias viviendas en dos, la plaza de Josefa Manuel y la plaza de Santa Teresa de Jesús, y a la que se accedía desde fuera del recinto amurallado por una doble puerta, arco de la Coronada y arco de las Ventanas, desaparecido en el s. XIX, junto a las torres que las defendían. El convento de la Concepción es una fundación de principios del s. XVII, del que resaltamos su templo con planta de cruz latina, poco usual en las iglesias conventuales de las reformada orden carmelita. El otro gran edificio del conjunto, el palacio de Luis de la Cueva o de los Marqueses de Bedmar se levanta de forma paralela al citado convento con el que comparte trazas estilísticas, debido a su pertenencia al mismo espacio urbano y ser patrones del convento los promotores del palacio. En la actualidad dicho edificio palaciego ha sido reconstruido conservando original tan sólo la fachada. En el derribo de la construcción anterior afloraron restos de elementos arquitectónicos con ornamentación de los s. XV y XVI que en la actualidad se encuentran expuestos en el edificio.

10. Puerta del Losal (s. XIV)

La puerta del Losal o de Sabiote, por ser ésta la salida hacía esa localidad, es considerada la más antigua y mejor conservada de las puertas medievales de la ciudad amurallada. Datada en el s. XIV, de estilo mudéjar se compone de doble arco de herradura ligeramente apuntado, sustentado por pilares octogonales, y enmarcado por alfiz. Aún conserva la viga de madera con los huecos en los que encajar los ejes de la puerta de doble hoja. El conjunto se completa con dos torreones unidos y un arco de medio punto a gran altura que antecede a la puerta. Pasado el arco al interior se conserva una hornacina del s. XVII con una imagen de la Virgen de la Soledad.
Si atendemos de la inmutabilidad de este arco a lo largo del tiempo, podemos llegar a entender que este diseño de acceso en recodo al recinto amurallado pueda ser extrapolado al resto de puertas y portillos hoy desaparecidos.

11. Puerta de Santa Lucía (s. XIV, reconstruida s. XX)

Puerta de Santa Lucia. La utilización de materiales diferentes en la reconstrucción y restauración del patrimonio arquitectónico nos permite la identificación de los restos originales - Eduardo Samblás Martínez

La puerta de Santa Lucía es una reconstrucción de una primitiva puerta del recinto amurallado. La puerta desaparecida sería de tradición mudéjar y similar a su próxima, la puerta del Losal. Del arco original se conserva el arranque y su cimentación en piedra, mientras que las nuevas arcadas se realizarían en ladrillo para diferenciarse de los elementos originales. Su orientación viene a despertar numerosas dudas sobre la continuidad de la muralla y el posible trazado del viario, los cuales pudieron ser muy modificados por la construcción del palacio de Francisco de los Cobos.