Toledo

Las murallas de Toledo a través de la historia

La ciudad de Toledo está situada junto al río Tajo sobre un promontorio rocoso conformado por un afloramiento de granito de superficie muy irregular en la que se alternan vaguadas y cerros. La franja de terreno en la que se encuentra la ciudad cuenta con la particularidad de ser la zona de contacto entre dos formaciones geológicas muy distintas. Por un lado, al sur de Toledo, aflora la conocida como “Meseta Cristalina” caracterizada por el mismo tipo de base granítica sobre la que se asienta la ciudad, mientras que al norte encontramos las superficies llanas de las vegas del río caracterizadas por arenas y arcillas, todas ellas formaciones asociadas a la actividad de arrastre del propio río que origina estas extensiones aluviales. Hace unos cinco millones de años, los pequeños cauces y torrentes de agua que surcaban la superficie rocosa del granito al sur de Toledo fueron depositando los materiales más ligeros en la actual cuenca del río Tajo. Cuando el río empieza a formar su propio cauce, comienza a erosionar los materiales más blandos (arenas principalmente) hasta que, al llegar a las duras vetas rocosas de la meseta cristalina, detiene su avance hacia el sur para establecerse en su cauce actual. Sin embargo, en un punto concreto, sí consiguió entallarse en el granito lo que permitió que su cauce atravesara una parte de esos afloramientos, dando origen al “torno” que rodea el promontorio actual. Esta circunstancia resulta algo singular desde un punto de vista geológico, pues el hecho de que quedara un cerro exento y elevado, en el que sus costados este, sur y oeste están rodeados por el río Tajo, le ha conferido una defensa natural de un alto valor estratégico. El hecho de situarse junto al cauce principal de un río como el Tajo hace que este cerro se configurara como un escenario muy adecuado para el establecimiento de grupos humanos ya desde las primeras fases de las economías productoras. Si a ello añadimos que se trata de un cerro exento y protegido por el propio cauce del río que lo rodea, se convierte no sólo en un lugar adecuado para un poblado o aldea, sino en un emplazamiento estratégico de gran por la defensa natural que proporciona.
Después de la última glaciación, con el río Tajo y sus afluentes discurriendo por su cauce actual y un clima templado, surgen las sociedades productoras que, aunque con asentamientos de no mucha duración, buscan la explotación de los recursos que se encuentran en los territorios. Así, desde el Neolítico hasta la Edad del Bronce, se han documentado un gran número de yacimientos arqueológicos situados en las terrazas y cerros cercanos al río y sus vegas. Entre todos esos yacimientos destaca el situado en el Cerro del Bu, un empinado promontorio situado en la margen izquierda del Tajo, al sur del casco histórico de Toledo, en el que las excavaciones arqueológicas han demostrado la existencia de un poblado de más de 15.000 m2, que se interpreta como el origen de la ciudad. La superposición de un importante número de restos de cabañas (de planta ovalada y circular), junto a las fechas de C14 que sitúan los períodos de hábitat, al menos, entre los siglos XX y XV a. C., llevan a pensar en la existencia de uno de los poblados mayores y con más influencia en la Edad del Bronce en este territorio de las cuenca media del Tajo. Los restos de una posible muralla y el hecho de que se trate de un asentamiento en el que la mayor parte de las cabañas se encontraban dispuestas sobre bancales, muestran la existencia de una importante organización social, posiblemente muy jerarquizada, en la que su economía giraría en torno al control de un vasto territorio y al comercio generado a partir de su posición estratégica en un lugar en el que se cruzaba el río.

Cerro - Ayto. Toledo

El traslado de la población del Cerro del Bu al actual promontorio en el que se encuentra el casco histórico de Toledo debió producirse de forma gradual a lo largo de un espacio de tiempo difícil de acotar entre el final de la Edad del Bronce y el comienzo de la Edad del Hierro. Las evidencias arqueológicas de la ocupación de Toledo durante todo el I milenio a. C. son dispersas, ya que los posibles restos del poblado que pudieran conservarse se han visto muy afectados por la incesante actividad constructiva que ha tenido lugar en Toledo desde entonces.
La información disponible y más detallada sobre Toledo durante la Edad del Hierro la proporcionan los historiadores romanos Tito Livio, Ptolomeo y Plinio, cuyos textos ofrecen datos centrados en el siglo II a.C., época en la que se produjo la conquista por el ejército romano. Los datos que hacen referencia a Toledo se presentan en relación con un oppidum junto a vagas alusiones a un emplazamiento bien defendido o amurallado, cuya existencia se ha interpretado a partir de la comparación con otros poblados dentro del territorio carpetano.

El punto de partida de la presencia romana en Toledo se ha fijado en el año 192 a.C., según la información ofrecida por Tito Livio en su Historia de Roma. Sin duda, al igual que otras ciudades conquistadas por los romanos, es a partir de ese momento cuando comienza la configuración de un espacio urbano para la creación de la ciudad denominada Toletum.

El conjunto que integraba la urbs de la época imperial se extendía por gran parte del actual casco histórico de Toledo, aunque, al igual que siguió sucediendo en la Edad Media y la Edad Moderna, casi todos los edificios públicos y, probablemente, las domus importantes, se encontraban en el tercio norte de la ciudad.

En las ciudades romanas el foro es un lugar de cruce o confluencia del cardo (norte-sur) y el decumano (este-oeste), como las dos vías principales a partir de las cuales se replanteaban el resto de calles. En el caso de Toledo, aunque no hay certeza a la hora de saber por dónde discurrirían las principales vías de la ciudad, se ha planteado la hipótesis de que, posiblemente, los restos de la cloaca y del pavimento de losas de granito que pasan bajo la antigua mezquita de Balmardón (iglesia del Cristo de la Luz) pudieran haber formado parte del cardo. El hecho de que sea este punto de la puerta medieval de Balmardón donde parece tener su final la cloaca plantea la posibilidad de que en ese mismo lugar también hubiera existido una puerta de la muralla romana, de la que se documentó parte de un torreón junto a la puerta del Sol (situada a menos de 50 m al noreste).

Sin duda, la muralla sobre el borde escarpado del cerro en el que se asentaba la urbs debió suponer una línea bien definida que marcaba con rotundidad las distintas formas de vida del interior y del exterior de la ciudad. En Toletum quedaba bien diferenciado el exterior que había al otro lado del río, que era un espacio relativamente agreste, respecto del que había al norte de sus murallas, que tenía un definido carácter suburbano, en el que se encontraban, además de algunas villas, los cementerios que jalonaban las vías de acceso a la ciudad y los edificios públicos de ocio, como el teatro, el anfiteatro y el circo.

La conversión de Toledo en ciudad real visigoda surgió a consecuencia de la caída del reino de Tolosa y la pérdida de gran parte del territorio de la Galia, tras la derrota sufrida por el ejército visigodo frente a los francos en la batalla de Vouillé (año 507). Esto condujo a que los visigodos se desplazaran a la antigua provincia romana de Hispania, donde la sede regia se mantuvo itinerante hasta que, en el año 554, el rey Atanagildo fijó la sede real en Toletum.

Entre las razones más probables que parece que se tuvieron en cuenta a la hora de elegir Toledo como capital del reino visigodo figuran el carácter inexpugnable de su urbs y su situación en un punto central del territorio peninsular, sobre el cual pretendían ejercer su control y dominio. Esto convertía a Toletum en una ciudad estratégica por sus buenas comunicaciones con el resto de las regiones y sus capitales, y contaba, además, con una entidad urbana suficiente como para acoger el aparato administrativo del nuevo estado que estaba naciendo.

Al igual que para hacer una reconstrucción ideal de cómo debió ser la Toletum romana es fundamental diferenciar entre la ciudad de antes y de después de la municipalización (siglo I d. C.), también es importante distinguir entre la Toletum de cuando se establece la capitalidad visigoda (mediados del s. VI) y la del final reino visigodo (principios del siglo VIII). Se trata de diferencias sustanciales marcadas por el urbanismo de la ciudad y por los grandes edificios, tanto civiles como religiosos.

A pesar de la escasez de textos que hacen referencia a la ciudad y a pesar de que la intensa actividad constructiva que ha habido en el espacio interior de las murallas a lo largo de la historia ha hecho que se pierdan la mayoría de los restos arqueológicos de la época visigoda, las circunstancias históricas han querido que la zona de la actual Vega Baja haya permanecido como terreno de cultivo desde la Edad Media. Esto ha propiciado que en su subsuelo se conserve gran cantidad de restos de las antiguas casas y vías del antiguo suburbium de la capital visigoda que fueron parcialmente descubiertas durante un intento de urbanización llevado a cabo durante los años 2005 y 2006. Sin duda, se trata de un espacio arqueológico excepcional que puede considerarse el mejor archivo donde descubrir buena parte del conocimiento sobre arquitectura, urbanismo y formas de vida, tanto de la Toletum visigoda como de otras ciudades de esa época.

Tras la conversión del rey Recaredo al catolicismo durante la celebración del III Concilio de Toledo (año 589), se inició un período de apogeo de la ciudad, prolongándose durante todo el siglo VII. En esos años proliferaron los mencionados monasterios alrededor de la ciudad y Toledo pasó a convertirse en centro de referencia para la intelectualidad religiosa de la época.
En los primeros años con musulmanes en el gobierno de la ciudad no debieron producirse cambios sustanciales en la configuración y el aspecto del entramado urbano existente.

Durante primeras décadas de ocupación, la población de Toledo continuó siendo claramente hispana, conservando su identidad cultural de tradición romana a la que se habrían incorporado aspectos religiosos del mundo cristiano, ajena por completo a la realidad musulmana.
Desde el punto de vista urbanístico, Toledo mantiene los rasgos distintivos de la última etapa visigoda cuando los grandes edificios romanos están amortizados y los barrios extramuros de la ciudad mantienen la vitalidad de un tejido urbano que no se limita a la ocupación del cerro. La sociedad toledana aún no demanda cambios para adaptar la ciudad al modelo cultural islámico.
Además de mantener en buenas condiciones el perímetro amurallado de la ciudad realizando las convenientes reparaciones y labores de mantenimiento (muchas de las cuales supondrán la reutilización completa de la sillería y fábrica de la muralla romana), se construye un enclave altamente fortificado en un punto estratégico de la ciudad: el alficén (literalmente ceñidor). El emir Al-Hakam I fue consciente a finales del siglo VIII de que una ciudad como Toledo debía contar con un lugar bien protegido que permitiera a las guarniciones militares y los miembros del gobierno local (incluyendo su residencia) aislarse de forma efectiva y segura del resto de la ciudad dada la actitud rebelde y beligerante de sus habitantes. Los sucesos de la jornada del foso estremecieron hasta tal punto a los toledanos que dicha fortificación se hizo imprescindible para el mantenimiento del orden y el poder de la ciudad en manos de los gobernadores islámicos. Aquel día, y con motivo de la recepción ofrecida al hijo del emir, el futuro Abd al-Rahman II, muchos de los toledanos más influyentes y que fueron más activos durante las revueltas de los años anteriores fueron invitados al palacio del gobernador. A medida que los invitados acudían al lugar, eran decapitados y sus cuerpos arrojados a un cercano foso excavado para la ocasión. Estos sucesos motivaron un nuevo periodo de revueltas y altercados en la ciudad promovidos por los hijos y descendientes de los ajusticiados aquel día.

La construcción del alficén es el punto de partida para el planteamiento de un recinto defensivo y bien fortificado dentro de la propia ciudad, y que permitió un funcionamiento autónomo de las instituciones de poder de la ciudad con sus propios recursos (suministro de agua y alimento) de cara a un posible escenario de conflicto interno en Toledo. Las estancias palaciegas que sirvieron de residencia al gobernador y a su corte, situadas bajo el edificio del convento de Santa Fe, quedaron unidas con el Alcázar, donde estaba el cuartel general a los mandos militares y se acantonaban las tropas junto a la guarnición permanente del recinto, dentro de un conjunto cerrado y amurallado. El lugar elegido para su construcción responde, entre otros aspectos, a una cuestión estratégica básica: estar situado junto a un punto de entrada y salida directa de la ciudad a través del puente de Alcántara (el puente) y conectado con el otro enclave fortificado al otro lado del río Tajo, el castillo de San Servando. La puerta de que da acceso al puente (Bab-al-Qantara, la puerta del puente) conserva los rasgos distintivos de la arquitectura de tradición andalusí por tratarse de un acceso en codo, dotado con rastrillo, dos torres de flanqueo enmarcadas en una plazuela de armas y frente al torreón fortificado en la cabeza del puente.

Torre defensiva Puente_Alcantara - Ayto. Toledo

El recinto del alficén contaría únicamente con otro acceso situado en el punto central de la plaza de Zocodover (también de origen árabe, mercado de las bestias), a través de la puerta del Arco de la Sangre cuya ubicación se debe a que es el punto de la plaza más amplio. La forma irregular de la plaza es intencionada ya que se busca que el eje de mayor amplitud en línea recta se sitúe frente a la puerta de entrada al alficén, dificultando su hostigamiento y haciéndola más defendible. Aunque quizá la lógica de la defensa habría aconsejado que la franja de terreno despejada en el costado oeste y principal del alficén hubiera sido mayor, la densidad urbana en la zona debió disuadir a los arquitectos de acometer tales obras de demolición, concentrando los esfuerzos constructivos en el amurallamiento de los flancos con grandes lienzos de sillería y tapial. Parte de uno de estos paños de tapial se ha conservado en el bar El Trébol gracias a que se adosaron viviendas a la cara interior de la muralla para reaprovechar su construcción y que se han recuperado e integrado en el nuevo local. La mayor parte del cerramiento oeste y norte del alficén no se ha conservado, quedando parte del mismo afectado por las obras de reconstrucción del edificio del Gobierno Civil, derruido durante la última guerra civil española, y otro importante tramo desmontado recientemente con motivo de las obras para la construcción del Palacio de Congresos del Miradero.

El alficén cuenta, además, con otra particularidad constructiva adicional y que resulta poco habitual en los ejemplos estudiados de fortificaciones de andalusíes. Además, de tratarse de un recinto cerrado y amurallado dentro de la ciudad, el alficén está dotado con otros dos elementos constructivos, también de carácter fortificado, que permiten la circulación y tránsito entre puntos concretos del alficén de manera independiente, englobados dentro del propio conjunto. Se trata de sendas corachas, que consisten en murallas que protegen un recorrido concreto para unir de forma directa y efectiva dos puntos no muy alejados entre sí, y que tuvieron como objetivo en el caso del alficén, por un lado, comunicar la zona palaciega (convento de Santa Fé) con la zona militar (Alcázar); y por otro, facilitar el acceso al agua, y también la salida de la ciudad a través del puente de Alcántara, por la coracha que desciende desde el Alcázar hasta alcanzar el propio cauce del río Tajo, junto a los restos del acueducto romano. En ambos casos, las corachas están definidas por tramos paralelos de muralla que protegen el espacio de tránsito interior, y que facilitan la comunicación entre los puntos mencionados de forma rápida y segura.

En la fachada de acceso al Museo del Ejército, lateral norte del Alcázar, se pueden observar los restos conservados de estos formidables tramos de muralla que protegían el pasillo que comunicaba con la residencia del gobernador, y en el que también se puede identificar el forrado interior de la muralla con mampostería encintada con el tipo de aparejo constructivo habitual en entre los siglos X y XI, y que coincide con una de las reformas que promovió Abd al-Rahman III para reconstruir el alficén en torno al año 936, poco después de que finalizara el asedio a la ciudad iniciado en el año 929 y que duró hasta el año 932. La otra coracha, que desciende hacia el río y cuya funcionalidad está marcada por el aprovisionamiento de agua, está definida por una serie de torreones intermedios, algunos de ellos conservados y visibles en las murallas de la ciudad, y en los que se puede observar que las esquinas cuentan con sillares y sillarejo salientes que indican la continuidad de un muro desde el torreón. En algunos de los torreones se aprecian pequeñas puertas o poternas por las que se transitaba hasta descender a la torre situada en el río Tajo. Es muy probable que gran parte de las torres conservadas lo estén gracias a la reutilización que se haría de ellas durante la baja edad media.

El contexto político del momento acompaña a la progresiva implantación de la cultura islámica y a finales del siglo IX la ciudad muestra ya una configuración en la que se reconoce el influjo islámico. En la medina ya se ha definido áreas con funcionalidad específica en la vida de la ciudad.

La estabilidad política en Al-Andalus durante los siglos IX y X favorece, por tanto, el arraigo de las costumbres de tradición islámicas. Es el momento en el que la religión y la religiosidad islámica comienzan a condicionar también el urbanismo de la ciudad. Hasta ese momento los hábitos religiosos debieron adaptarse a la realidad de una ciudad con la apariencia urbana de la etapa visigoda, y por tanto, de clara herencia romana. Pero el afianzamiento de las instituciones andalusíes y con la cultura islámica bien arraigada ya en los toledanos, generaron en los ciudadanos demandas de infraestructuras que pudieran satisfacer sus necesidades religiosas y culturales al modo islámico. Necesidades que los gobernadores de la ciudad estuvieron en disposición de cubrir.

La gestión de una ciudad como Toledo en pleno apogeo de Al-Andalus debió responder en su urbanismo a la realidad de una complejidad social en la que los ciudadanos plenamente islamizados debieron convivir con los que mantuvieron su religión y tradición cristiana (el colectivo mozárabe) junto con una comunidad judía que se agrupa en torno a un barrio al oeste de la ciudad. Esta realidad condicionó el urbanismo de la ciudad ya que obligó a mantener cierto tono de coexistencia tolerada respecto a un colectivo judío cuya protección pasó, necesariamente, por la construcción de un recinto amurallado que lo aislara del resto de la ciudad (dando origen a la judería siguiendo, además, una recomendación directa de las autoridades de la ciudad), y por el mantenimiento, por otro lado, de una serie de iglesias de origen visigodo en las que se mantuvo el culto cristiano que demandaba la comunidad mozárabe de la ciudad. En las crónicas de la época se menciona a siete de estas iglesias, en las que se mantuvo activo el culto cristiano hasta la conquista de la ciudad por las tropas castellanas a finales del siglo XI.

El crecimiento de la ciudad en los siglos X y XI sobrepasó el recinto amurallado original y fue necesario rodear con un segundo recinto amurallado el arrabal que había prosperado en el costado norte de la ciudad, siendo necesario dotarlo de su correspondiente puerta (puerta del Vado) con sus torres de flanqueo para protegerla y, a su vez, a la propia muralla. Parece que en esas fechas el gobierno de la ciudad con la aprobación de la autoridad califal, se inicia un programa de reparación de torres y murallas de la ciudad, pudiendo diferenciar este momento constructivo en las torres y paramentos en los que se distingue un basamento de sillería de granito (que corresponde al primer momento constructivo de la muralla) sobre el que se levantan aparejos de mampostería encintada de una única hilada de piedra separa por verdugadas simples de ladrillo (que pertenecen a las reformas del siglo XI). En el tramo de muralla de la calle Carrera y los torreones (conocidos como de la Reina) hasta la puerta de Bisagra, en la puerta de Alcántara o la puerta Vieja de Bisagra o de Alfonso VI, así como en algunos tramos de los sectores de la muralla sur, se puede observar la superposición de estos aparejos.

Algunas de las puertas de la ciudad andalusí cuya existencia se conoce por las referencias documentales que se han encontrado, no han llegado hasta nuestros días. Es el caso de la puerta que debió existir junto al puente de San Martín, la del Hierro (junto a la torre albarrana homónima, al sur de la ciudad), la de Al-Faray en la zona del parque del Tránsito, la de Al-Tefalín luego llamada de Perpiñán o de Grederos (que da acceso desde el arrabal al interior de la ciudad, junto al alficén) o la de Al-Dabaggin junto a la iglesia de San Sebastián y los baños de Tenerías, famosa esta última por las clepsidras o relojes de agua movidos por mecanismos accionados supuestamente por la gravedad de la luna y que el astrónomo Azarquiel instaló allí en el siglo XI.

La medina de Toledo alcanzó unas dimensiones considerables a finales del X y comienzos del siglo XI. De hecho, la monumentalidad de la ciudad fue sobredimensionada por el geógrafo Al-Idrisi quien, en el siglo XII, describe una gigantesca noria situada junto al puente de Alcántara, desconocemos si funcionando o no, pero que según los datos que ofrece el propio Al-Idrisi, su diámetro llegaba hasta los 90 codos (algo más de 50 m.) con el objetivo de engrandecer, también, la capacidad de la ingeniería andalusí. Un reciente estudio arqueológico ha permitido calcular el diámetro de la rueda gracias a las marcas del rozamiento que dejó en las paredes interiores del canal sobre las gruesas capas de sales que quedaron adheridas a la superficie de las paredes tras años de agua derramada sobre ellas de forma continua. Su diámetro no superaba los 24 m. y elevaba el agua hasta la altura del Puente de Alcántara en cuyas inmediaciones debió existir un depósito para acumular el agua. En las huertas que rodeaban el espacio inmediato de la ciudad debieron existir norias como ésta, de pequeñas dimensiones pero que, junto con los molinos harineros y batanes, facilitaron la actividad agrícola y textil de la ciudad.

Puente Alcantara - J.R.Márquez

La conquista de la ciudad por las tropas castellanas mandadas por Alfonso VI se produce en el año 1085. La derrota de Al-Qadir, rey de la taifa toledana, implica un cambio en el mando del gobierno y en la administración del territorio, pero no supone un cambio inmediato en la sociedad y cultura toledana. Al igual que ocurrió a comienzos del siglo VIII cuando los musulmanes llegaron a la ciudad y ésta fue sometida a su control político, la vida en la ciudad a finales del siglo XI y comienzos del siglo XII continuó con su curso normal conforme a su cultura y costumbres islámicas (al igual que ocurrió con los usos y costumbres de la etapa visigoda). La ciudad no experimentó un cambio inmediato tras la llegada del monarca castellano. De hecho, la islamización de la ciudad había penetrado tanto en la mentalidad y costumbres de los toledanos que muchos de sus rasgos distintivos se mantuvieron vigentes durante décadas, incluso siglos, tanto a nivel cultural como artístico, constructivo e ideológico.

Desde el punto de vista del urbanismo, la ciudad no se transformó de inmediato, y mantuvo su característico urbanismo abigarrado de calles estrechas y sinuosas durante toda la baja Edad Media, prolongándose a los siglos modernos y hasta la actualidad. Las soluciones constructivas adoptadas en la ciudad ante las nuevas necesidades e inquietudes culturales y religiosas pasaron por abordar las remodelaciones como una adaptación de lo que ya existía. Sólo en los últimos siglos medievales se comienza a percibir en la ciudad un cambio en la configuración de los barrios que, hasta ese momento, habían mantenido cierta polarización por sectores de actividad.

La actividad edilicia en Toledo no se limitó al ámbito religioso, la iniciativa privada y la arquitectura civil promovieron también la construcción de nuevos edificios, reaprovechando los existentes en algunos casos y derribando para explanar en otros. En este sentido, la propia administración local acometió obras de cierto relieve al final de los siglos medievales en algunos sectores de la ciudad, bien para uso de la propia administración o en relación con la defensa de la ciudad interviniendo en sus puertas y murallas. Respecto a esto último, la presión fronteriza que ejercieron los almohades y almorávides aún durante los siglos XII y XIII, sus incursiones y ataques puntuales a Toledo, obligaron a constantes reparaciones en las murallas. La estabilización de la frontera lejos de Toledo a finales del siglo XIV favoreció que el cabildo local y la corona pudieran destinar fondos a otros aspectos de la ciudad que no fueran los estrictamente militares. En este sentido, la capacidad económica de la administración se vio incrementada gracias a la creciente actividad comercial de la ciudad que estaba sometida a una imposición fiscal e impositiva muy controlada. Esta fiscalización de la actividad comercial se ejercía en los accesos a la ciudad, en cuyas puertas se cobraban no sólo los impuestos correspondientes al uso de estos accesos, sino también los referidos a las materias que entraban en la ciudad.

La gestión de las puertas y murallas que protegen la ciudad son competencia de la autoridad municipal con la participación del propio monarca. En los siglos siguientes a la conquista de la ciudad, la presión militar de Al-Andalus fue grande dada la cercanía de la frontera. Almorávides y almohades a lo largo de los siglos XII y XIII atravesaban la Marca con frecuencia y llegaban hasta las murallas de Toledo ocasionando daños que debían ser reparados, y obligaba a las autoridades a diseñar sistemas de defensa y resistencia eficaces. Son numerosas las referencias a las reconstrucciones en puentes y murallas durante este periodo y posteriores. Tras el enfrentamiento en Toledo entre los partidarios de Enrique II y Pedro I, a mediados del siglo XIV, se inicia un programa de reconstrucción de torres y murallas que supone la reparación de muchas de ellas y la mejora de los lienzos más deteriorados al oeste y noroeste de la ciudad. Toledo se había mostrado partidaria de Pedro I y fue escenario de duros ataques por parte de los seguidores de Enrique II. En compensación por su fidelidad Pedro I agilizó la reconstrucción de la ciudad, y además, adoptó medidas para aliviar la situación de la ciudad tras las epidemias de peste de la década de los años 40 del siglo XIV. El puente de San Martín es reedificado íntegramente en el siglo XIV y el de Alcántara reconstruido con motivo de las crecidas de mediados del siglo XIII, y posteriormente, en el siglo XV, dotado con sendas torres puerta en ambos extremos. En el costado sur y oeste de la ciudad se construyen corachas que garanticen el suministro de agua en caso de asedio, como las del puente de San Martín, la de Docecantos o la del puente de Alcántara, todas ellas con fábricas de los siglo XIV y XV, y puede que aprovechando corachas anteriores de época andalusí.

Puente de San Martín - J.R.Márquez

La transición de la ciudad medieval a la ciudad de los siglos modernos es, como en etapas anteriores, gradual. El urbanismo del siglo XV está ya ajustado a las necesidades de una sociedad sumergida en la religión y religiosidad cristianas, por lo que no cabe esperar cambios sustanciales en el inmediato siglo XVI y posteriores. En el siglo XVI, Toledo, convertida ya en capital del extenso reino que reúne bajo su corona Carlos I, recibe el influjo cultural y artístico del centro de Europa, y comienza a percibirse en los edificios tanto civiles como religiosos estos nuevos aires. Es una circunstancia que convierte a Toledo en un foco de atracción de enorme interés a nivel religioso, político y cultural.

En el sector norte de la ciudad se llevan a cabo una serie de transformaciones urbanísticas que reflejan la nueva mentalidad que llega a la ciudad y que es promovida muy activamente por el propio monarca Carlos I, y especialmente a partir de su nombramiento como Emperador del Sacro Imperio en 1519. Como emperador considera que Toledo, capital de su imperio, debe ofrecer una imagen a la altura de ese título y no duda en que esto tenga su traducción en el aparato constructivo de la ciudad, especialmente en lo que a espacios públicos se refiere. La remodelación que tiene lugar en la Puerta de Bisagra forma parte de la voluntad expresa de Carlos V de aportar a la ciudad un aspecto más solemne y admirable. Si tenemos en cuenta que la Puerta de Bisagra abre el camino que conduce hacia Madrid, es lógico que el rey pusiera especial atención en mostrar toda la suntuosidad y poder de la ciudad en este lugar simbólico. El aspecto, configuración y construcción de la Puerta de Bisagra responden a las necesidades de protección y control propias de una ciudad de la envergadura de Toledo, pero también debe formar parte del simbolismo de una entrada de aspecto glorioso presidida por una larga y amplia calle alineada con grandes explanadas laterales y ajardinadas, que sirvieran de escenario para celebraciones que estuvieran a la altura de una capital de un imperio. La puerta que actualmente contemplamos debió sustituir a la que existió en este lugar de la ciudad ya en época medieval. El cuerpo de torres interiores ya estaba cuando se inician las obras en el cuerpo exterior en el siglo XVI según el diseño de Covarrubias y construidas por Nicolás de Vergara el Mozo con ligeras modificaciones, pero siempre siguiendo el estilo renacentista del momento, y cuyas cubiertas están adornadas con tejas vidriadas con la representación heráldica del águila bicéfala que preside la entrada y salida de la ciudad forman parte del programa propagandístico de la monarquía.

Puerta de Bisagra - Agustín Puig
Interior Puerta de Bisagra - Agustín Puig

Puente del Cambrón - J.R.Márquez

La estabilidad política y territorial del reino hizo que algunos de los aspectos constructivos de la ciudad, como sus puertas y murallas perdieran parte de su función original. En el caso de las murallas, el ejemplo más evidente es su amortización dentro de edificios conventuales en la fachada norte de la ciudad. El convento de los Mercedarios (actual Diputación) o de las Carmelitas Descalzas, que abren ventanas en los muros de la muralla, están directamente construidos sobre ellas. Las puertas pasan de tener un control efectivo para impedir el acceso a servir de aduanas para el cobro de los impuestos de pontazgo o portazgo. Sobre las puertas se construyen y acomodan salas que sirvan de despacho a los alcaides, encargados del cobro de estos impuestos. Estas salas las encontramos en la cabecera de los puentes de San Martín y Alcántara, la puerta de Bisagra o la de El Cambrón. El decaimiento funcional de las puertas de la ciudad lleva a que una entrada tan significativa como fue la puerta Vieja de Bisagra o de Alfonso VI fuera tapiada e inutilizada cuando se construye la actual puerta de Bisagra.

El dibujo que realizó Anton Van den Wyngaerde en 1563 muestra la ciudad en todo su apogeo. La vista, realizada desde el norte, ofrece una visión de una ciudad compacta de urbanismo abigarrado rodeada de una poderosa muralla, y en la que se pueden distinguir sus edificios principales.
Desde el punto de vista cultural y humanístico, además de las notables manifestaciones artísticas visibles en edificios y construcciones de la ciudad del siglo XVI (escultura y arquitectura se combinaron siguiendo el modelo renacentista más bello), Toledo fue escenario de la capacidad creativa del famoso pintor El Greco.
Las dificultades generales por las que atraviesa el reino durante todo el siglo XVII, se enquistan en el siglo XVIII, dejándose sentir en Toledo, cuyo urbanismo y dinamismo se estancan.

El hermetismo de la ciudad en el siglo XVIII es capaz de hacer de Toledo una ciudad impermeable a los intentos reformistas del Cardenal Lorenza, único en ofrecer una visión ilustrada de la ciudad (acorde al pensamiento de la época), o a las nuevas ideas y aportaciones desde una perspectiva económica que realiza colectivo de la Sociedad de Amigos del País. Algunos de los ciudadanos que aún mantienen cierto nivel de riqueza en Toledo tratan de impulsar y acompañar estos intentos ilustrados de modernizar los aspectos más descompuestos de la sociedad y economía toledana, pero no se alcanzan objetivos realmente transformadores en la ciudad, a pesar incluso de que su principal promotor, el Cardenal Lorenzana, es miembro de la propia comunidad eclesiástica. El régimen de propiedad, aún señorial, y el carácter oligárquico del poder municipal, junto con la persistencia de instituciones herméticas, como la Inquisición, hicieron de Toledo una ciudad que mantuvo un bajo nivel demográfico, una economía desmantelada y una incapacidad manifiesta de sus ciudadanos de tomar iniciativas regeneradoras, al estar absorbidos por el discurso inmovilista de la Iglesia.

Un recorrido por la muralla

La ruta se inicia en uno de los accesos al barrio periférico de La Antequeruela que surge ante la presión demográfica y urbana de la ciudad islámica de Toledo (Tulaytula) en torno al siglo X. La existencia de este arrabal motiva la construcción de una cerca amurallada que lo rodee e incluya al barrio, en la medida de lo posible, dentro de los dispositivos de defensa de la ciudad. La presión militar de las tropas castellanas así lo aconsejaba.

En ese contexto se construye un acceso fortificado en la llamada Puerta del Vado (1). Las características constructivas de la puerta encuadran la puerta en un momento indeterminado a finales del siglo XI, en la que ya son evidentes algunas influencias mudéjares. Tipológicamente la forma de los arcos de herradura, las dovelas de granito y el tipo de aparejos constructivos que la acompañan son similares a los que encontramos en la Puerta Vieja de Bisagra o de Alfonso VI. La entrada en codo recoge la tradición andalusí de accesos sinuosos para desenfilar posibles líneas de tiro y dificultar el acceso al interior del recinto de las tropas atacantes. Los restos de la puerta se encuentran 12 m. por debajo del actual nivel de calle a causa de los copiosos aportes y vertidos realizados en la zona cuando el barrio centró de la actividad alfarera de Toledo durante los siglos XVIII y XIX. La puerta del Vado dejó de funcionar como acceso útil a mediados del siglo XVII propiciando el abandono de la zona y su uso como vertedero para los desechos de los alfares de la zona con autorización expresa del cabildo municipal. Tanto es así que la topografía actual de la zona exterior de la puerta se vio profundamente modificada elevando el nivel varios metros dejando enterrada la puerta medieval y todo su entorno.

Puerta de Bisagra - Agustín Puig

Atravesamos el barrio por la calle Bajada de la Antequeruela en sentido ascendente hasta llegar a la parte trasera de la Puerta de la Bisagra (2). Construida en el siglo XVI, la puerta que actualmente contemplamos debió sustituir a la que debía existir en este lugar de la ciudad ya en época medieval. De la puerta islámica quedan posibles restos en la zona interior del arco en la parte que da entrada a la ciudad. La arqueología puso al descubierto parte de la cimentación de la puerta de época taifa, que reproduce el estilo andalusí de las puertas en codo para dificultar el tránsito, protegiendo el acceso en caso de conflicto y ataque a la ciudad. Esta entrada en codo estaría acompañada por torres de flanqueo de planta cuadrangular de las que se pueden observar algunos restos conservados mínimamente en los alzados actuales, reconocibles sólo a nivel de cimentación en las tongadas regulares de mampostería al estilo constructivo de la época islámica a lo largo de todo el siglo XI.

Durante la Edad Media, la puerta de Bisagra no tuvo el carácter monumental que presenta hoy día porque no fue una entrada principal a la ciudad ni en época islámica ni durante el periodo bajomedieval, simplemente daba acceso a un arrabal. Entre los siglos XII al XVI la estructura de la puerta se mantiene intacta y sólo se realizan en reparaciones puntuales, algunas de los cuales muestran aparejos del siglo XV (doble hiladas de piedra separadas por doble verdugada de ladrillo).
El nombramiento de Carlos I como Emperador del Sacro Imperio (con el nombre de Carlos V) supone un cambio sustancial en la mentalidad de la monarquía castellana y este cambio tiene su traducción en el aparato constructivo de la ciudad, especialmente en lo que a espacios públicos se refiere. La remodelación que en la puerta de Bisagra forma parte de la voluntad expresa de Carlos V de aportar a la ciudad un aspecto más solemne y admirable. Si tenemos en cuenta que la puerta de Bisagra abre el camino que conduce hacia Madrid, es lógico que el rey pusiera especial atención en mostrar toda la suntuosidad y poder de la ciudad en este lugar simbólico. El aspecto, configuración y construcción de la puerta de Bisagra responden a las necesidades de protección y control propias de una ciudad de la envergadura de Toledo, pero también está presente una importante decoración simbólica que se hace patente a partir del reinado de Carlos I.

Puerta de Bisagra - Ayto. Toledo

La puerta de Bisagra consta de dos cuerpos conformados por dos torres cada uno, separados entre sí por un patio de armas llamado del Encuentro ya que tuvo entre sus funciones la de albergar a los visitantes que iban a ser recibidos por el monarca en persona. Cada cuerpo de torres cuenta con sistemas defensa vertical (rastrillos y buhederas) que protegen forma individual e independiente cada paso y cada torre. Las torres están comunicadas mediante un adarve que recorre perimetralmente el patio de armas que permite ejercer la vigilancia del patio desde la ventaja que proporciona la posición en altura. El cuerpo de torres interiores ya existía cuando se inician las obras en el cuerpo exterior. Las torres exteriores fueron diseñadas por Covarrubias y construidas por Nicolás de Vergara “el Mozo” con ligeras modificaciones, pero siempre siguiendo el estilo renacentista del momento. Estas torres, de planta semicircular, son construcciones de enorme solidez que están dotadas con troneras casi a la altura del suelo que permiten la eventual defensa de la puerta desde el interior de las propias torres. Sobre el conjunto de las torres interiores se ubica la casa del alcaide, encargado de gestionar el sistema de recaudación tributaria en el acceso a la ciudad. En la fachada de las torres interiores, que dan su cara hacia la ciudad, se pueden distinguir claramente los añadidos del siglo XVI, que se realizan al cuerpo central de las torres medievales, y cuyas cubiertas están adornadas con tejas vidriadas con la representación heráldica del águila bicéfala que preside la entrada y salida de la ciudad forman parte del programa propagandístico de la monarquía. Según algunos estudios recientes, es posible que el acceso en codo con el que contaba la puerta desde época medieval se mantuviera durante parte del reinado de Carlos I, pero su cometido original, de carácter defensivo, fue perdiendo importancia a favor de una entrada directa y diáfana propia de un acceso más simbólico que funcional.

La gradual pérdida de funciones defensivas y de control que experimenta la puerta de Bisagra alcanza su máxima expresión cuando sus dependencias son adaptadas para cumplir funciones como prisión. Sus habitaciones interiores se compartimentaron y en el exterior se llegaron a ejercer trabajos relacionados con el prensado de aceitunas para la obtención de aceites incluso se ha propuesto un uso como patio de vecinos.

Por la calle Real del Arrabal ascendemos hacia el centro de la ciudad, pasando por este arrabal de Toledo, y llegamos a la calle Gerardo Lobo donde la puerta de Alarcones (3) queda en una pequeña calle peatonal llamada calle Carretas. La puerta de Alarcones se sitúa a escasos metros de la conocida puerta del Sol que formaba parte del recinto amurallado de la medina islámica, y que puede que coexistieran ya desde la Baja Edad Media. Existe una referencia escrita del 1216 que podría relacionarse con la puerta de Alarcones, denominada torre Arrifaa. El término Arrifaa se ha interpretado como una alusión a los parches o remiendos de una torre ya existente, aunque también se ha considerado que podría responder a la evolución del topónimo arriba en relación a su altura o torre de lo alto. En este caso se estaría asociando la situación de dos puertas, haciendo referencia a la puerta de Alarcones como la alta en relación a la puerta del Sol que está en una situación más baja. Tanto la puerta en sí como los aparejos constructivos que la acompañan (cajones encintados de mampostería en doble hilada separados por doble verdugada de ladrillo) corresponden a un momento constructivo del siglo XV, pero se ha interpretado que las piezas de sillería de las jambas y dovelas responden a un esquema de herradura de trazas islámicas, e incluso de inspiración visigoda, modificado posteriormente hasta convertirlo en arco de medio punto.
En 1605, Francisco de Pisa ya menciona la puerta como Torre de Alarcón, situada junto a la puerta del Sol al estar unidas por una muralla y formando parte de una gran estructura defensiva. Este esfuerzo defensivo y constructivo que concentra dos elementos fortificados en este sector de la ciudad está relacionado con el hecho de que es la única zona de la ciudad que no cuenta con la defensa natural del río Tajo. Tras la construcción de la puerta del Sol la función defensiva de la puerta de Alarcones quedó relegada a un segundo plano, por lo que en los siglos XVI o XVII se permitió al convento de las Bernardas Recoletas construir sobre la puerta, destruyendo su parte superior.
En la actualidad, las calles Gerardo Lobo y calle de las Armas son el resultado de la demolición de las viviendas y casas particulares para poder hacer el terraplén para ambas calles y habilitar el paso del tráfico de vehículos, inutilizando la función original que tuvieron tanto de la puerta de Alarcones como la del Sol.

Puerta del Sol - Agustín Puig

Regresamos a la plaza de Zocodover para descender por la calle de Armas, calle Venancio González y calle carretas para llegar hasta la calle de Gerardo Lobo donde se sitúa la puerta del Sol (3). Esta puerta es la que mandó construir el arzobispo Don Pedro Tenorio, a finales del siglo XIV, para reforzar el sistema defensivo una vez terminada la guerra entre el rey Pedro I y Enrique de Trastámara. Sin embargo, existen indicios de que esta puerta bajomedieval se hubiera construido sobre otra de época islámica del periodo califal y ésta, a su vez, se habría asentado sobre un torreón de época romana, tal y como han puesto de manifiesto los trabajos arqueológicos. Algunos historiadores han barajado la posibilidad de que esa posible puerta califal se correspondiera con la denominada bab Mu´awiyya, de la que sólo se aprecia parte de un muro en la cara oriental. Este era uno de los principales accesos a la ciudad, después de haber sobrepasado la bab al-Saqra (puerta de Bisagra), en el recinto que cerraba el Arrabal, ya que era la pendiente menos pronunciada.

La puerta actual sigue un esquema típicamente mudéjar, que muestra ciertas similitudes con los torreones y puerta del castillo de San Servando (al otro lado del río) también edificado por el arzobispo Tenorio. La puerta en sí consiste en un gran arco de herradura apuntado de piedra apoyado sobre dos columnas, enmarcado por un alfiz de piedra, y que anteceden a otro gran arco de herradura construido en piedra de granito. Por encima de este arco de herradura se puede observar un gran medallón con un relieve sobre la imposición de la casulla de San Ildefonso bajo el sol y la luna, de donde toma su nombre y que data del 1575 según Francisco de Pisa. El cuerpo superior está construido en ladrillo y permite decorarlo con una arquería ciega de arcos de herradura entrecruzados del cuerpo intermedio, otra arquería ciega superior de arcos polilobulados entrecruzados. El conjunto está enmarcado por un alfiz coronado con dos ménsulas calizas en sus esquinas. En el centro de la arquería ciega de arcos de herradura se pueden apreciar fragmentos de un sarcófago paleocristiano reutilizado y que se puede fechar en el siglo IV. La parte superior de la puerta cuenta con elementos defensivos como los merlones y matacanes para la vertical y flancos.

Continuando por la calle del Cristo de la Luz en dirección a la Calle Alfileritos, siguiendo por la calle Sillería alcanzamos la plaza de Zocodover y nos situamos en un espacio importante para la ciudad islámica de Tulaytula. En un lateral de la plaza pero ocupando un lugar central, el Arco de la Sangre corresponde a la única entrada que daba acceso a la zona palaciega y militar de la ciudad conocida como alficén (ceñidor). Este espacio abierto junto a la puerta de la muralla constituye un escenario en el que se establecería un punto de intercambio comercial entre la guarnición y los comerciantes de la ciudad, conocido con el tiempo como Suk- al-dawab o mercado de las bestias, y que daría origen al nombre actual de la plaza: Zocodover.

Portada Museo de Santa Cruz - Ayto. Toledo

Protegidos por un recinto amurallado propio, los palacios estarían situados junto al Alcázar, cada uno de estos emplazamientos se dispondrían a un lado y otro de la puerta de entrada al recinto. Parte de la zona palaciega se ha conservado bajo los cimientos del convento de Santa Fé (4), que actualmente se usan como espacio para eventos. Allí se han encontrado los cimientos de numerosas estancias en los que se han conservado revocos pintados en rojo con motivos decorativos vegetales. El conjunto de restos se ha interpretado como parte de las salas del palacio del rey taifa Al-Mamún y el posible oratorio privado que allí debió erigirse (según los datos históricos que se conservan) y que debería encontrarse en la capilla de Belén, aunque no se ha podido confirmar esta asimilación con los hallazgos realizados hasta la fecha.
En el callejón de Santa Fe, y frente a la fachada decorada con trampantojo del convento, el bar El Trébol (5) integró en la reforma del local un importante paramento de la muralla del alficén. Oculto por las construcciones de las viviendas particulares que se adosaron a la cara interior de esta muralla, se ha podido recuperar no sólo la cimentación de sillería de granito trabada con mortero de cal sino también una porción importante del tapial que la coronaba. En el propio Convento de Santa Fe, y junto a las estancias del palacio taifa también se encontraron tramos de esta misma muralla que se prolongaba hacia el norte y la zona del Palacio de Congresos del Miradero, cuya construcción comprometió la estabilidad constructiva de la muralla y se produjeron varios derrumbamientos.
En el edificio del Hospital de Santa Cruz (6) se localiza el Museo regional, y en él podemos encontrar expuestas las piezas y restos de la cultura material que se han recogido en Toledo a lo largo de la historia reciente. La colección de materiales islámicos muestra la gran calidad técnica de los artesanos que vivieron en la ciudad durante aquellos siglos que llegaron a alcanzar unos niveles de sensibilidad artística muy notables. Además, también hay una muestra muy representativa de la epigrafía procedente de los cipos funerarios que acompañaban a las sepulturas de las diversas zonas de cementerios o maqbaras que había en la ciudad. El edificio que alberga el Museo es una muestra de la arquitectura civil del siglo XVI en Toledo, y cuenta con piezas escultóricas muy sobresalientes como la fachada plateresca que labró Alonso de Covarrubias o la escalera obra de este mismo autor.

Frente al Museo de Santa Cruz, y ocupando un lugar destacado se encuentra el Alcázar (7), sede del Museo del Ejército. El Alcázar forma parte del conjunto militar y defensivo del alficén, siendo sede de las tropas acantonadas para la defensa del recinto y de los mandos militares de la ciudad. Construido por iniciativa del emir Al-Hakam I a finales del siglo VIII o comienzos del IX, debió ser reformado a mediados del IX por su hijo Abd al-Rahman II y vuelto a reconstruir por Abd al-Rahman III ya en época del califato, cuando se acomete una reforma integral del recinto del alficén tras el conocido asedio de la ciudad entre los años 929 y 932. Las crónicas cuentan que se levantó con muros de tapial (tierra apisonada) siguiendo el estilo constructivo habitual en los alarifes musulmanes, y que se ha podido confirmar en los tramos descubiertos en el Miradero y el bar El Trébol. De los restos del alcázar islámico primitivo quedan algunas evidencias aisladas en distintos puntos de la actual fortaleza. Pero sin duda, los más sobresalientes son los muros que se pueden contemplar junto a la escalinata de acceso al Museo del Ejército y en el interior del mismo. Se trata de dos grandes lienzos de muralla o pared fortificada, que, apoyados sobre la roca, nacen perpendiculares a la base de la fachada norte del Alcázar. Algunos historiadores sugieren que estos muros, de considerable grosor y doble hoja (una de sillares de granito y otra mampostería encintada), podrían haber formado parte de una ampliación tardía de la fortaleza (siglo XI o XII) con el objetivo de aumentar la capacidad de acantonamiento del Alcázar. Sin embargo, otros autores sostienen que estos muros, paralelos entre sí, formarían parte de una coracha que comunicaría las dependencias palaciegas de la alcazaba con el alcázar mediante un pasillo fuertemente protegido, que, además, separaría el barrio nororiental respecto al resto de la ciudad.

Alcázar - Ayto. Toledo
Alcázar - Agustín Puig

Tras la reconquista de la ciudad por las tropas cristianas, el alcázar experimenta algunas reformas, las más significativas durante el periodo Trastámara (en el siglo XIV) y se construyen varios torreones en el perímetro murario de la ciudad así como en el propio alcázar. Uno de ellos, con planta ligeramente girada respecto al eje, fue descubierto durante las excavaciones arqueológicas realizadas con motivo de la construcción del Museo del Ejército. Estas excavaciones dejaron al descubierto numerosos vestigios arqueológicos que remontan la ocupación del sitio a época romana. Se pudieron recuperar numerosas estancias relacionadas con la fortificación islámica del alficén, su muralla y su alcázar, la mayoría de las habitaciones que quedaron descubiertas estarían en relación con las zonas de descanso y acuartelamiento de las tropas. Se han encontrado, además, sistemas de evacuación de aguas de las zonas que quedaban al descubierto, atarjeas, colectores, etc.
Sin embargo, el periodo de reformas más notable que tiene lugar en el Alcázar de Toledo se desarrolla durante el siglo XVI, cuando el rey Carlos I se propone transformar la fortaleza en palacio y realiza numerosas reformas que diseña y ejecuta el arquitecto Alonso de Covarrubias. El nuevo trazado supone el derribo parcial de dos fachadas (norte y sur) la readaptación de otras dos (este y oeste) así como dotar de una nueva configuración al patio.
El edificio resultante se mantiene intacto, con puntuales reformas, algunos cambios de imagen (sobre todo en el remate de las torres con chapiteles) y un uso variado que se realizó de sus dependencias (hospital de beneficencia para mendigos en el siglo XVIII, cárcel real y academia de infantería militar en el siglo XIX, etc.), hasta que se destruye una parte considerable de la fortaleza como consecuencia de las ofensivas artilleras que se producen durante la Guerra Civil (1936-1939) y que afectaron considerablemente a varias de las fachadas. La reconstrucción del Alcázar que se realiza en la década de los 40 del siglo XX reproduce varios estilos arquitectónicos. Actualmente, además del Museo del Ejército, dentro del Alcázar está alojada la Biblioteca Regional y varios despachos militares.

Si salimos de la zona del alficén, y cruzamos la Plaza de Zocodover para adentrarnos en los barrios de la ciudad a través de la calle del Comercio, nos introducimos la zona más comercial de la ciudad en época islámica (y también actualmente). Siguiendo al calle Toledo Ohio y a través de la plaza de la Ropería, la calle Santa Justa nos sitúa ante de una de las muestras epigráficas más representativa de la cultura islámica de la ciudad. En la fachada de la iglesia de Santa Justa y Rufina (8) podemos contemplar in situ una inscripción labrada en piedra caliza que recoge de forma conmemorativa la construcción de una de las naves de la mezquita. Aunque la remodelación para el culto cristiano desfiguró el edificio árabe, la fachada conserva no sólo parte de los aparejos originales, sino también un espléndido arco de estilo califal que a su vez ha reutilizado una pilastra visigoda para la columna en la que apoya el arco de herradura. La mezquita, de pequeñas dimensiones, formaría parte del conjunto de mezquitas de barrio que encontramos en varios puntos de la ciudad.
Paralelas a la calle de Santa Justa y Rufina, las calles Cordonerías y de nuevo la calle Comercio, nos acercan a la calle Tornerías a través de la plaza del Solarejo, por donde se accede a una de las mezquitas de barrio mejor conservadas junto con la del Cristo de la Luz. En este caso la mezquita de Tornerías (9) ha llegado hasta nuestros días con gran parte de sus elementos originales sin alterar gracias a que se mantuvo en uso por la comunidad musulmana de Toledo hasta el final de la Edad Media. Se construyó posiblemente en la segunda mitad del siglo XI, aunque a primera referencia conocida de esta mezquita data de 1190 y hace referencia a su ubicación en un barrio con gran actividad comercial situado entre la alcazaba y la mezquita mayor, ocupado por los francos que acompañaron a Alfonso VI en la toma de la ciudad, en 1085. Presenta una planta cuadrada, formada por nueve espacios cubiertos con bóvedas baídas (excepto la central) que, a su vez, están sostenidas por arcos de herradura y por cuatro columnas en la zona central y pilares de ladrillo en los muros. El mihrab se sitúa en el lado suroeste, con una orientación diferente al resto de mezquitas hispano-musulmanas, lo cual puede deberse a que su adaptación al trazado de la calle de Tornerías. El edificio es similar a la mezquita del Cristo de la Luz y posiblemente a la que pudo existir en el solar de la antigua iglesia de San Ginés. Además, respecto a esta última la mezquita de Tornerías también reutiliza la cimentación de un edificio de época romana.
La misma calle Tornerías conecta, tras atravesar la plaza Mayor, con la calle Bajada del Barco, donde encontramos a la altura de la plaza Colegio de Infantes el conjunto formado por los Baños del Caballel y del Cenizal (10). Estos baños debemos ponerlos en relación con la posible mezquita que debió existir en el actual emplazamiento del mencionado colegio de Infantes y de la que no se ha encontrado vestigio alguno. Tanto en Toledo como en otras ciudades plenamente arabizadas se reproduce el esquema en el que junto a las mezquitas es habitual encontrar edificios destinados al baño para poder realizar una purificación completa del cuerpo antes de entrar a la mezquita y realizar la oración. Así, este patrón se reproduce también en las mezquitas de Al-Dabaggin junto a los baños de Tenerías, y las supuestas de la calle Pozo Amargo, o de Bab-al-Mardun (Cristo de la Luz). Todos estos lugares formarían parte de los espacios de uso público y colectivo de la comunidad islámica de Toledo.
Los baños del Caballel están situados en los números 3, 4 y 5 de la plaza de las Fuentes. El nombre de plaza de las fuentes hace referencia a la presencia de un manantial en esta zona, necesario para el abastecimiento de agua de unos baños. Existen multitud de referencias a los baños del Caballel, la primera de ellas data de 1163 (lo cual apunta a un origen islámico). De la configuración original queda poco debido a las destrucciones que han supuesto las construcciones posteriores de edificios de viviendas. Pero del conjunto se puede reconocer una nave transversal de acceso con otras tres estancias abovedadas perpendiculares a esta que corresponden con las salas fría, templada y caliente. Parte de las puertas que comunican las estancias entre sí están tabicadas por las cimentaciones actuales, y se han podido reconocer también la posible sala de calderas y los pasillos de distribución internas del baño y vestuarios.
Los baños del Cenizal, muy cercanos a los del Caballel, también muy alterados por las viviendas y edificaciones posteriores, se han podido reconstruir a partir de algunas intervenciones arqueológicas en los últimos años. Se ha podido recuperar la sala de acceso al baño (recepción) y la sala fría, las salas calientes y templadas quedan bajo los edificios anexos.
Los baños árabes del Cenizal están situados en la calle Colegio de Infantes de la que parte el callejón del Vicario que asciende hacia la calle Cardenal Cisneros (11), junto a la Catedral, y donde podemos acceder al nº 12 de esa misma calle, donde podemos encontrar un ejemplo de vivienda islámica de época califal. En los sótanos del edificio se localizaron excavados en la roca restos de un salón y un patio que han conservado in situ arcos de herradura (uno de ellos geminado). En estos elementos arquitectónicos se han conservado decoraciones pictóricas que representan dos manos de Fátima o hamsa, en el intradós de uno de los arcos geminados, una de ellas rodeada por tres pájaros (puede que colibríes). Ambos símbolos se consideran propiciatorios en la cultura popular islámica, de protección en el caso de la mano de Fátima y puede que funerario en el caso de los pájaros, habituales en ámbitos domésticos pero que no estaban permitidos en edificios de culto islámico como las mezquitas por considerar que tienen origen en las supersticiones y no en la doctrina coránica.

Catedral de Toledo - Agustín Puig

La misma calle Cardenal Cisneros nos conduce hasta la plaza del Ayuntamiento, y nos sitúa frente a la Catedral donde estaría el foro de la ciudad romana, lugar donde se levantaría la basílica visigoda de Santa María, y que sería reformada y ampliada para su uso como mezquita la llegada de los musulmanes, convertida en aljama (12), y finalmente derribada para construir la Catedral en el siglo XIII y recuperar la advocación de Santa María. De la mezquita original se han identificado restos de cimentaciones bajo el suelo de la Catedral, pero también la cimentación del alminar que sería reaprovechada para la actual torre y campanario, así como el muro de cierre norte de la sala de oraciones que la separaría del patio de abluciones y acceso (san). Esta distribución de estructuras y cimientos dibuja una mezquita de grandes dimensiones con el alminar en el lateral izquierdo donde se unen el shan (bajo el claustro actual de la Catedral) y la sala de oraciones, cuyo muro de qibla quedaría en el lateral sur (siguiendo el trazado de la calle Cardenal Cisneros) donde estaría ubicado el mihrab. En las excavaciones realizadas en el claustro se documentaron aljibes con grafitis bien datados a finales del siglo XI y que podrían indicar que se trataba de un periodo de reformas o remodelaciones en la mezquita a finales del periodo taifa. La existencia de este tipo de depósitos de agua confirma el uso de la zona del claustro como espacio abierto para el uso de agua en el ritual de purificación que se realizaba en el shan antes de acceder al interior del templo. Con la llegada de las tropas castellanas, y a pesar del inicial respeto al culto islámico en la mezquita poco tardaron los dirigentes castellanos en arrebatar para sí el edificio y convertirlo a su ritual apenas un años después de la conquista de Toledo en el año 1085. Pero la demolición del edificio islámico no se inició hasta el año 1226 cuando se decidió construir una Catedral al estilo gótico de influencia europea comenzando, lógicamente por su cabecera, desmontando poco a poco las paredes de la mezquita, sus naves y elementos decorativos, siendo sustituidas por la nueva estructura sin que ello supusiera la interrupción del culto.

Torre de El Salvador - Ayto. Toledo

A medida que nos alejamos de la Catedral, lugar de la antigua mezquita aljama y del barrio comercial o alcaná, continuamos encontrando en las numerosas iglesias que salpican la ciudad, los restos de pequeñas mezquitas de barrio que ocupaban sus mismos emplazamientos. La calle Ciudad asciende a través del camino del Salvador para situarnos en la plaza que recibe el nombre de la Iglesia del Salvador (13). Casi todo el actual edifico es fruto de una reconstrucción realizada tras un incendio en el 1822. Pero el origen como mezquita de esta iglesia se ha confirmado en investigaciones arqueológicas y documentales. Entre los hallazgos que lo confirman apareció una lápida en la capilla de Santa Catalina, en la que se conmemoraba la construcción de una nave en el año 1041 d. C., aunque no se especifique si trata de una ampliación o reconstrucción de la nave. Existe un supuesto generalizado que relaciona la pérdida de la mezquita mayor en tiempos de Alfonso VI con el uso de la mezquita del Salvador como nueva aljama, en sustitución de la mayor. Recientes excavaciones arqueológicas han determinado dos fases de construcción de la mezquita, una primera adscrita al período Omeya, con restos de época emiral y califal (desde finales del siglo VIII hasta el siglo X) y otra fase del período taifa (siglo XI hasta su conversión al cristianismo en 1159). La mezquita, convertida ya en edificio de culto cristiano en los siglos siguientes, fue reformada al estilo mudéjar tardío en el siglo XV. La mezquita, a diferencia de otras más modestas, presentaría una planta rectangular cuyo espacio interior estaría dividido en tres naves separadas mediante dos arquerías. Este modelo constructivo también se ha documentado en la Iglesia de San Sebastián donde se localizan los restos de la mezquita de Al-Dabaggin. Su acceso principal se situaría en el muro noroeste, situando el muro de la quibla y el mihrab al sureste. Aunque el elemento más sobresaliente es el alminar que ha conservado gran parte de su cuerpo principal, construido en sillería de granito reutilizando elementos decorativos romanos y visigodos, cuya construcción corresponden a la fase emiral. La parte superior de la torre se corresponde con un remate de época barroca. El patio de acceso o shan, quedaría en la calle actual que sirve de entrada a la iglesia, y donde confluyen las calles Santo Tomé, Santa Úrsula, Camino del Salvador y calle de Rojas.

Siguiendo la calle Santo Tomé, continuamos por la calle del Ángel (14), donde encontramos un nuevo ejemplo de baños de uso público conocidos por el mismo nombre de la calle en pleno corazón de la judería. Aunque el acceso a las estancias del baño que se conocen se realiza en la actualidad desde la calle de El Ángel, originalmente se debió hacer por la calle Santa María la Blanca. Los restos de este baño son, sin duda, de los mejor conservados entre los que todavía mantienen estructuras reconocibles dentro del casco histórico de Toledo, pues aún mantiene en buenas condiciones las salas correspondientes al distribuidor, la salita de reposo, la templada y la caliente. Esta tres zonas bien definidas, con un espacio rectangular que ocupa la mayor parte de la estancia, que se halla cubierta por una bóveda de medio cañón, en la que se abren seis tragaluces, mientras que en el centro del muro meridional se halla la puerta que comunicaba la sala templada. Los espacios de los extremos de la sala están ocupados por alcobas a las que se accede a través de arcos de herradura geminados y, dentro de ellas, hay sendas pilas de planta cuadrangular, construidas por debajo del nivel del suelo. A diferencia de otros baños medievales de Toledo, mantiene el hipocausto con gran parte de los pilares que sustentaban el suelo de la sala caliente. El conjunto de las paredes estaba enlucido con una capa de mortero de cal de gran dureza, cuyo acabado superficial se asemejaba al de un estucado pintado de rojo. Los suelos estuvieron construidos con baldosas o losetas de piedra caliza, a juzgar por restos que se han conservado en los poyetes de las pilas y en el umbral de la puerta que comunicaba con la sala templada. Por la ubicación del baño, en pleno barrio judío, y sin mezquitas conocidas en sus proximidades, puede que el baño del Ángel formara parte de uno de los baños privados de la ciudad, sin acceso libre para el resto de los ciudadanos, como solía ser habitual en los baños junto a las mezquitas.
Al final de la Edad Media, cuando el baño había dejado de cumplir su función original, se convirtió en establo y en la Edad Moderna se construyó un aljibe junto al rincón suroeste, mientras el resto de la sala siguió utilizándose de cuadra.
Para continuar el recorrido debemos retroceder por la misma calle del Ángel y de Santo Tomé hasta la Plaza del Salvador, descender en dirección al río por la Calle Santa Úrsula, atravesar la Plaza de Santa Catalina y llegar hasta la calle Carreras de San Sebastián (conocida en Toledo como Cornisa) donde encontramos la iglesia de San Sebastián (15). Al igual que ocurre en los citados ejemplos de los baños del Caballel y Cenizal junto a la mezquita del Colegio de Infantes, o los de la calle Pozo Amargo o de la de Bab-al-Mardun (Cristo de la Luz), la iglesia de San Sebastián reúne las características del prototipo de mezquita islámica junto a baños públicos (Yaix o de Yuso, y Saix o de Suso), y además, junto a una de las puertas de ingreso en la ciudad. Estamos en pleno barrio de curtidores, en el que se han encontrado en varios puntos tenerías y zonas dedicadas a actividades propias de un barrio periférico junto al río.

Sobre los orígenes de este edificio se ha especulado mucho, algunos autores mencionan la existencia de un templo romano sobre el que se erigiría una iglesia en época visigoda (601-602 en tiempo de Liuva) que, posteriormente se transformaría en mezquita y de nuevo pasaría a ser iglesia. Del posible templo romano no ha llegado ningún elemento a nuestra época excepto. De la iglesia visigoda, se han conservado varios fustes y su emplazamiento. La primera referencia a la iglesia actual data de 1168 y es una de las descritas en el siglo XVI como parroquia mozárabe y que mantuvo culto cristiano durante la ocupación islámica. Sin embargo las investigaciones arqueológicas han demostrado que, en realidad, allí existió una mezquita desde un momento temprano de la ocupación islámica, puede que en siglo IX, reformada y ampliada en el siglo XI, cuya configuración arquitectónica está en consonancia con el modelo documentado en la mezquita del Salvador: tres naves longitudinales separadas por arquerías de herradura, con el mihrab situado en el lateral sur-sureste de la iglesia (bajo el actual acceso al templo a través del atrio) y del que se encontró la cimentación original, con un patio shan abierto al norte, comunicado con la sala de oraciones por una puerta de la que se han conservado el vano de acceso y cargadero original, y un segundo patio lateral (al este), denominado ziyada (reservado en ocasiones para la oración de las mujeres) y comunicado con la sala de oraciones a través de puertas con arcos de herradura geminados de las que se han conservado quicialeras y suelo de baldosas original. Queda por resolver la ubicación del alminar, aunque se presupone en el emplazamiento de la actual torre del siglo XV y cuya cimentación no conserva restos de la torre islámica.

La complejidad constructiva de esta iglesia se manifiesta en las numerosas “rareza” arquitectónicas que se pueden observar a simple vista, como la ubicación de la torre junto a la cabecera, la cual a su vez no está orientada según el modelo de los templos cristianos, y los paramentos en los que se pueden distinguir arcos y vanos que no concuerdan con el arquetipo de iglesia mudéjar generalizado en Toledo.

Baños de Tenerías - Agustín Puig

Junto a la iglesia de San Sebastián, en la ladera que se inclina en dirección al río Tajo, encontramos los anteriormente citados baños de Saix o Suso y Yaíx o Yuso. Los baños de Suso están situados dentro de una propiedad privada y no son visitables, pero los de Yuso o Yaix, conocidos como los Baños de Tenerías (16) por el nombre del barrio donde se encontraba el barrio de los curtidores y sus correspondientes tenerías. La estructura interna del baño se ha podido recomponer casi en su totalidad gracias a que quedó sepultado por los aportes de escombros y desechos constructivos que originaron la formación del “rodadero”, manteniendo alejada esta zona de las trasformaciones urbanas del núcleo de la ciudad. Las excavaciones arqueológicas pusieron al descubierto las salas frías, calientes y templadas, así como la recepción, las alcobas o vestuarios, las letrinas y los pasillos que servían de distribuidores. Se trata de uno de los baños más completos de la ciudad y del que se han podido extraer valiosos datos relativos a las características constructivas de sus muros, bóvedas y la distribución interna de sus estancias. Gracias toda esta información, la fecha aproximada de su construcción y periodo de actividad se sitúa en torno a los siglos X y XI.

Descendiendo por el camino que parte de un lateral del baño, llegamos hasta el barrio donde se situaban las viviendas de los molineros que trabajaban en batanes y molinos por toda la ribera del río. Continuando por la senda del río y pasando junto los restos de los molinos del Hierro, llegamos hasta un torreón, llamado Torre del Hierro (18). Se trata de una torre albarrana, con un pequeño arco en la base que permite el tránsito bajo la estructura de la torre y que se proyecta fuera del paño de muralla en el que está situada (del que apenas se conserva un pequeño lienzo) con el objetivo de proteger un punto concreto, en este caso la Puerta del Hierro. De esta puerta no contamos con información arqueológica y sólo hay referencias documentales a ella. Se trataría de una puerta que controlaría el paso del río por este sector de la ciudad y quedaría protegida únicamente por la torre albarrana. La fábrica de la torre muestra dos momentos constructivos distintos: la parte inferior y el arco, construidos con sillería en las esquinas y sillajero en hiladas regulares, cuya configuración guarda similitud constructiva con los tramos de muralla de época emiral de otras zonas de Toledo, mientras que el tercio superior habría sido reconstruido en un momento indeterminado de la baja Edad Media.

Si continuamos el camino de la senda del río por el tramo que asciende por la ladera y que discurre sobre una pasarela junto al río nos lleva hasta el puente de Juanelo, situado junto a las ruinas del Artificio de Juanelo, y donde podemos encontrar retales de numerosas construcciones dedicadas al aprovechamiento de la fuerza cinética del río: molinos medievales, ingenios para subir aguas a la ciudad de época moderna, estaciones de bombeo del siglo XIX o centrales hidroeléctricas ya de comienzos del siglo XX, se han construido y reconstruido en un mismo emplazamiento, dejando sólo visibles retales de las construcciones anteriores. Si prestamos atención a los grandes muros de sillería que se pueden distinguir en el centro de toda la maraña de muros y escombros, por entre la vegetación que recubre parte de ellos, se puede distinguir la abertura de una galería de al más de 1 m. de anchura y donde quedaría alojada una gran noria (18) de madera que se ha fechado en el siglo XI, cuya altura se ha estimado en 24 m. de diámetro y que permitiría elevar agua hasta la altura del puente de Alcántara, conduciéndola a través de un canal construido en una monumental estructura de ladrillos sustentada en arcos de medio punto de la que no ha quedado vestigio alguno. Tan sólo un reciente estudio arqueológico permitió calcular el diámetro de la rueda gracias a las marcas de rodadura que dejó esta enorme rueda en las paredes interiores del canal, sobre las gruesas capas de sales que quedaron adheridas a la superficie de las paredes tras años de agua derramada sobre ellas de forma continua. Las fotos realizadas por Laurent a mediados del siglo XIX aportan información gráfica sobre la arquería de ladrillos en las que debió existir el canal que conduciría el agua hasta un depósito situado a media ladera, junto al puente. El cronista y geógrafo Al-Idrisi describe esta noria a mediados del siglo XII, desconocemos si funcionando o no, pero sobredimensionando su tamaño con el fin de engrandecer la capacidad de la ingeniera islámica, llevando su diámetro hasta los 90 codos (algo más de 50 cm.)

Desde el emplazamiento de la noria podemos observar el puente de Alcántara (19). El punto estratégico de su ubicación pone en relación este paso con las calzadas que parte de Toletum en dirección a la Bética y Levante. Por tratarse de un paso estratégico del río respecto a la ciudad y las mencionadas calzadas, se ha ejercido sobre él un estricto control militar y ha sido objeto de destrucciones parciales y sus consiguientes reconstrucciones, lo que inevitablemente ha supuesto que la conservación de posibles restos romanos se haya visto muy comprometida. A simple vista podemos apreciar que la parte del tablero y la torre fortificada, así como algunos arcos laterales no corresponden a una tipología constructiva romana. Sin embargo, la forma de los arcos, las dovelas ligeramente almohadilladas, o algunos de los paramentos conservados en los estribos, así como parte de algunos de los tajamares sí se han interpretado como partes del puente romano original.

Puente de Alcántara - Ayto. Toledo

Dentro del mundo islámico su nombre significa literalmente el puente y aunque ha sido reconstruido en numerosas ocasiones, conserva sólo como plenamente islámico un arco de herradura en la base del estribo este, en la orilla opuesta a la de Toledo. Las fuentes islámicas recogen en el 858, durante el emirato de Muhammad I, una revuelta de los toledanos en la cual se demolió parte del puente, posiblemente el tercer arco desaparecido hoy en día. En el 930, ante otro levantamiento toledano, la ciudad fue sitiada por Abd al-Rahman III, quien, una vez tomada la ciudad mandó reconstruir partes de puente y construir el Hizam que unía hasta el siglo pasado la puerta con el puente de Alcántara.

Torre defensiva Puente de Alcántara - Ayto. Toledo

En el puente se conserva una placa conmemorativa en la que se recoge, por iniciativa de Alfonso X, la reconstrucción del puente que se realizó en el año 1258 con motivo los daños que ocasionaron las crecidas de mediado del siglo XIII. En la cara de acceso al puente desde la ciudad, en el centro del arco hay otra lápida conmemorativa en la que se recogen los nombres de los que habían mandado reconstruir el puente en época islámica, el último de ellos Almanzor a finales del siglo X y tras la destrucción del puente por parte de Abd-al-Rahman III en el año 932 tras unos años de asedio a la ciudad y que sus propias tropas destruyeron. La relación completa de dirigentes y gobernadores de la ciudad aparecía en sendas lápidas situadas a ambos lados de ésta y que fueron mandadas borrar por Felipe II a finales del siglo XVI. Esta orden la ejecutó el corregidor de la ciudad Gutiérrez Tello en un acto de damnatio memoriae, de todas aquellas inscripciones de la ciudad que tuvieran grafía árabe y que se consideraban blasfemias.

En relación con el asedio de Abd-al-Rahman III se han puestos los restos de una fortificación que se han conservado en el Cerro del Bu (20). Situados sobre un cerro en la orilla opuesta de la ciudad, próxima a ella, y ejerciendo un control directo sobre el paso de barcas situados a sus pies y en relación directa con la puerta de Hierro, en la parte superior del cerro se han descubierto los restos de un recinto amurallado (murallas de 1,40 m. de espesor) rodeado de torres-contrafuerte, cuyo espacio interior correspondería a un patio de armas y dos pequeñas habitaciones para el puesto de mando. La parte inferior del cerro cuenta con un segundo anillo exterior, cuya muralla también está dotada con torres contrafuerte para sujetar la construcción. El espacio intermedio entre un recinto y otro estaría destinado para el acopio de enseres y posible función de establos, cuadras y almacenes. Al tratarse de una construcción de carácter militar y vinculado a un momento concreto en el que surge la necesidad puntual de levantar una construcción fortificada, en el contexto de un asedio a la ciudad, la fábrica de los muros conservados demuestra que se trata de una construcción efímera y que fueron levantados con cierta urgencia. Se puede apreciar que la disposición de las piedras no es muy cuidada, no emplean apenas morteros de cal y sujetan las piedras con barro del terreno reaprovechando también las propias piedras del terreno (que proceden a su vez de los cimientos de las cabañas prehistóricas del poblado que allí existe desde la Edad del Bronce). El alzado de la muralla es de tapial, del que se han conservado restos en algunos puntos. El tipo de construcción es puramente funcional, adaptando la cimentación de piedra a la inclinación del terreno, recurriendo al retranqueo de las hiladas con el fin de ganar estabilidad y capacidad de carga en los muros. El material cerámico recuperado en las excavaciones confirma que la ocupación islámica en el cerro no se prolongó más allá del siglo XI, y que corrobora, a su vez, que tras el momento del asedio la presencia de un destacamento de menor tamaño se mantuvo en el fortín algunas décadas más.