San Cristóbal de La Laguna

Un recorrido por su historia

La ciudad de San Cristóbal de La Laguna se sitúa en el noreste de la isla de Tenerife (Islas Canarias), en un valle sobre el que discurrió un antiguo humedal que le confirió suelos fértiles para el cultivo y amplias zonas de pastos. Su altitud (546 m sobre el nivel del mar), su lejanía del litoral, su riqueza forestal (con importantes especies endémicas), así como la presencia de acuíferos condicionaron, a finales del siglo XV, el establecimiento de los primeros europeos. Centro neurálgico de la comarca, el resto del municipio, conformado por núcleos urbanos como Geneto, La Cuesta, Tejina, Valle Guerra o Bajamar, se despliega en suave pendiente hasta el mar, solo interrumpido hacia el norte por el Monte de las Mercedes, ya en el Parque Rural de Anaga.

Mapa de ubicación geográfica del Archipiélago, Tenerife y la ciudad - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Desde su fundación, en 1496, hasta principios del siglo XVIII fue el eje político, económico y social de Tenerife, quedando reflejado ese protagonismo en sus calles, plazas, casas, templos y edificios públicos. Como queda recogido en la declaración como Ciudad Patrimonio de la Humanidad de 1999, su singularidad reside en el hecho de constituir el primer ejemplo de ciudad colonial no fortificada, cuyo diseño y disposición reticular –deudor del urbanismo renacentista europeo– supone el precedente inmediato de las urbes fundadas en América tras la conquista. Los vínculos establecidos con el continente americano generarán flujos en ambas direcciones, dando lugar a una estrecha interrelación de tipo económico, social y cultural.

A pesar del tiempo transcurrido, el trazado original de la ciudad se ha preservado relativamente intacto desde su configuración en 1500. Conserva un elevado número de edificaciones de factura mudéjar de los siglos XVI y XVII, con un amplio registro de las tipologías más representativas, las cuales, a su vez, resultan de la síntesis de elementos arquitectónicos de procedencia geográfica dispar: la casa terrera, la casa alta o sobradada, la casa armera, la casa-granero y la casa-comercial. Todo ello fruto del aprovechamiento del parcelario conforme al tipo mediterráneo de casa urbana con patio y huerta posterior.

Imagen panorámica de la ciudad - Concejalía de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna
Imagen de la ciudad - Concejalía de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna

En Tenerife, los guanches, gentilicio de los primeros habitantes de la Isla, ocuparon la orografía insular mediante asentamientos en cuevas naturales y cabañas. Durante más de veinte siglos fueron transformando el medio a través de la explotación intensiva de algunos de los recursos, al tiempo que ejercían una apropiación simbólica del territorio a través del emplazamiento de cuevas sepulcrales, grabados rupestres y estaciones de cazoletas y canales en parajes específicos.

La jerarquización social y la consecuente segmentación territorial fueron intensificándose como consecuencia de la presencia, desde finales del siglo XIII, de genoveses y mallorquines en el Archipiélago. El dilatado proceso de «redescubrimiento» europeo culminó con el inicio de la conquista franco-normanda de Lanzarote y Fuerteventura en 1402. A partir de ese momento, y durante casi un siglo, se asistió a una ocupación escalonada de las restantes islas hasta el definitivo control militar de Tenerife por la corona castellana en 1496. La colonización y conquista trajo aparejado una transformación radical de la vida de los aborígenes canarios. La llegada de nuevas costumbres, valores y formas de vida modificó los usos sociales de la vega lagunera, llegando a transformar su propia orografía. El impacto ocasionado por el dilatado conflicto bélico, la introducción de nuevas enfermedades, el empleo de parte de la población aborigen como mano de obra esclava, el trasvase poblacional de moriscos y la imposición por la fuerza de las nuevas costumbres, provocó el desmantelamiento y desaparición de la sociedad aborigen que solo pudo subsistir marginalmente en algunas zonas hasta, al menos, el siglo XVII. Nos hallamos, por tanto, ante una tierra de frontera donde confluyen grupos humanos heterogéneos. Un crisol en el que entran diferentes etnias y credos, y dentro del cual debía forjarse una sociedad estable y más o menos estructurada en torno a una tradición cultural y unas instituciones implantadas por los conquistadores.

La clase dominante, con todo, se configuró en torno a la jerarquía eclesiástica, a la burguesía mercantil y financiera, y a los militares más distinguidos que acompañaron al Adelantado Alonso Fernández de Lugo, contribuyendo con hombres y armas a la conquista.

En este sentido, uno de los principales factores de distinción social radicaba en los repartos de tierra o «datas» con las que el Adelantado correspondía a los militares partícipes de la conquista y a los prestamistas que la habían financiado.

Desde el punto de vista económico, el comercio del azúcar introdujo a las islas en el mercado internacional y las vinculó directamente con plazas italianas y flamencas, auspiciando la instalación de mercaderes procedentes de dichos lugares y favoreciendo el desarrollo de operaciones comerciales y financieras (letras de cambio, pagos en metálico, intercambio por textiles y productos suntuarios, etc.).

Asimismo, durante el siglo XVII se advierte un proceso de concentración de la propiedad entre la clase dirigente. Ésta acumula mayorazgos mediante la práctica de matrimonios endogámicos, a la par que se convierte en un grupo de propietarios absentistas que, residentes en La Laguna, en La Orotava o en Garachico, acostumbran a dejar sus haciendas al cuidado de administradores.

Demográficamente, sin embargo, la ciudad fue perdiendo peso específico en el ámbito insular desde finales del siglo XVI. Hacia la segunda mitad del XVII, cuando contaba con cerca de 6.500 habitantes, ya había sido incluso superada por La Orotava, lugar de origen de los principales cultivos de malvasía. Durante ese periodo la población de San Cristóbal de La Laguna suponía algo más del 13% de la población insular.

Quizá debido a esta circunstancia y a la atonía demográfica de los siglos venideros, la ciudad presenta, ya como seña de identidad de su tejido urbano, una buena cantidad de huertas, jardines y espacios libres en el interior de las manzanas, reminiscencia de aquellas «casas con corral» de la época fundacional y de aquella visión de la ciudad que aportara el ingeniero Leonardo Torriani en el último cuarto del XVI: una población de casas con su huerta «llena con naranjeros y otros árboles hermosísimos»

Plano de la ciudad - Torriani (1588)

La literatura histórica sugiere varias fechas para la fundación de la ciudad. Se ha apuntado la fiesta del Corpus de 1496, «bajo un cobertizo de enramada», en lo que podría considerarse el origen de la primitiva ermita de La Concepción, y también el día 25 de julio de 1496. Tal fecha, festividad de Santiago Apóstol, fue igualmente admitida por la Iglesia para celebrar la onomástica de San Cristóbal, santo epónimo de La Laguna.
Como órgano administrativo, el Cabildo era una institución municipal e insular a un tiempo, toda vez que, al reunir San Cristóbal de La Laguna la condición de capital y de único municipio, su jurisdicción abarcaba todo el ámbito insular, a la vez que entendía sobre los asuntos propiamente municipales de la capital.
Si bien la ciudad surgió en torno al primer templo de La Concepción, cercano a la laguna, hacia el año 1500 el Adelantado auspició un nuevo asentamiento conocido como Lugar o Villa de Abajo (emplazado unos 900 m hacia el este del anterior), donde había fijado su propia residencia. En contraposición con el abigarrado urbanismo de la Villa de Arriba, este nuevo núcleo crecerá ordenadamente siguiendo el trazado de las calles principales y en torno a un espacio articulador: la plaza de Abajo. La intención de privilegiar y de supervisar el desarrollo de este nuevo asentamiento en la Villa de Abajo se hace ostensible con la famosa prohibición de construir y reparar casas en la Villa de Arriba (marzo de 1500), so pena de demolición, obligando a edificar las nuevas casas desde el convento agustino hacia el lugar de Abajo.
En 1505 un acto simbólico como el alza de pendones en honor a la reina doña Juana tuvo como centro la actual plaza del Adelantado, enarbolándose también en la puerta del convento agustino, ratificando la zona de ocupación preferente demarcada en 1500. Por estos años ya se habían asentado nuevos pobladores en la ciudad, generándose un área más densa hacia la zona este de la villa, en dirección al convento agustino, cuyos frailes ya habían comenzado a fabricar su hospicio.
En dicho periodo, afianzada ya la ciudad, tuvo lugar (noviembre de 1506) el amojonamiento de la dehesa. Una medida de organización espacial determinante, por cuanto marcar los límites de la dehesa comunal era requisito indispensable para poder repartir solares a los nuevos pobladores.
Pese a la consolidación de la localidad, los primeros años del XVI no resultaron fáciles. El propio Adelantado Fernández de Lugo lamentaba en los pregones que muchas personas a las que había concedido solares no acabasen de edificarlos y se limitaran a cercarlos de tapias. La necesidad de poblar la villa, al menos durante la primera década del siglo XVI, aconsejaba, en consecuencia, aplicar con cierta lenidad los plazos en que la normativa conminaba a edificar, bajo la amenaza de perder la data.
Entrada la década siguiente, un repartimiento vecinal para realizar labores de limpieza en la laguna, proporciona la imagen de una población dividida en dos núcleos y que ya ha alcanzado el ciclo expansivo. Por un lado, se hallaba la Villa de Arriba, con 39 unidades familiares censadas, sin que en ella se consigne una vía merecedora de tal nombre, y, por otro, la Villa de Abajo, con 277 vecinos y siete calles.

No debe extrañar que a esta época de crecimiento correspondan las prohibiciones de construir casas pajizas (marzo de 1514), debido al peligro de incendio y de propagación del mismo que comportaban estas cubiertas. La ordenanza, sin embargo, se volvió a pregonar meses más tarde, de lo que se deriva que tal cambio no acababa de producirse, dada la escasez y el elevado precio de materiales como la teja y la cal. En enero de 1516, a la vista del ritmo con que se edificaba y se poblaba la ciudad, el Cabildo optó por delimitar el perímetro urbano, fuera del cual quedaba prohibido edificar. Un año después, en lo que supone la puesta en práctica del acuerdo anterior, se amojonó el mencionado perímetro con el fin de que la villa estuviese «junta y no derramada». Al día siguiente, el 8 de enero de 1517, se comisionó al Dr. Sancho de Lebrija, teniente de la Isla, para que repartiese solares y trazase nuevas calles, y poco después se apoderó a los medidores que habían alineado la mayoría de las nuevas calles, Miguel Alonso y Gonzalo Pérez, para que midiesen y repartiesen solares entre los nuevos vecinos. El corolario de estos acuerdos fue el reparto de una gran cantidad de solares de planta rectangular, señalados sobre unas calles rectilíneas trazadas con anterioridad y que se cortaban perpendicularmente. Este trazado, más o menos ortocéntrico, y este parcelario, caracterizado por la casa con su corral o espacio para patio y huerto trasero –lógicamente subdividido por arriendos, particiones hereditarias, ventas, etc.– han trascendido durante generaciones constituyendo uno de los distintivos del urbanismo de la ciudad.
San Cristóbal de La Laguna, como sede de una oligarquía concejil y terrateniente muy implicada en la exportación de caldos al mercado inglés, se vio especialmente afectada por la crisis vitícola de principios del siglo XVIII, motivada por el cambio de orientación de la política mercantilista inglesa, que favoreció a Portugal como socio preferente para realizar el tradicional intercambio de vinos por textiles.
La disminución de las exportaciones generó todo un clima de crisis —sin duda mediatizado por los memorandos y escritos que surgían de las azoradas plumas de los terratenientes exportadores— que motivó la atribución indiscriminada de este concepto a todo el siglo XVIII. Esta idea hoy día es ampliamente cuestionada, dado que la crisis vitícola no afectó por igual a todas las capas de la población y toda vez se constata un crecimiento demográfico —a nivel insular— durante la primera mitad de siglo.
De cualquier modo, La Laguna, como sede de las principales instituciones y como lugar de residencia de la clase dirigente, resultó especialmente afectada por la crisis exportadora y registró una decadencia factual, languideciendo social y económicamente.
En 1718, el reglamento del comercio canario-americano centralizó el tráfico insular a Indias a través del puerto de Santa Cruz de Tenerife. Asimismo, todos los navíos que regresaban de América al Archipiélago debían hacer escala primero en este puerto, cuya pujanza moverá a los capitanes generales, en 1723, a trasladar allí su residencia, llevando consigo las oficinas de la Real Hacienda, y abandonando pues la ciudad.
En la segunda mitad del XVIII la decadencia de San Cristóbal de La Laguna es aún más patente si se compara la ciudad con el puerto de Santa Cruz, cuya población aumentaba en tanto la capital se estancaba e incluso perdía habitantes, registrando un importante flujo migratorio a Indias. La ciudad seguía siendo la sede de la antigua oligarquía concejil y terrateniente, del Cabildo y del clero, si bien los negocios se habían trasladado a Santa Cruz, donde se radicaba una emergente burguesía comercial extranjera (franceses, irlandeses, italianos, etc.) que aprovechaba la centralización del comercio americano en Santa Cruz para, desde allí, introducirse en el comercio indiano mediante la utilización de testaferros locales.

El XVIII fue un siglo económica y socialmente regresivo para la ciudad. Sin embargo, el ámbito de las ideas no siguió esta latencia decadente, y el fenómeno de la Ilustración se vivió de manera intensa, en buena parte debido a la fluidez de los intercambios con el mercado europeo. Destacaron dos focos de irradiación de las ideas Ilustradas: la Tertulia de Nava, así llamada porque sus sesiones se celebraban en la casa de Nava (palacio de los Marqueses de Villanueva del Prado), y la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife.
Bajo el influjo de la Ilustración, las obras públicas adquirieron trascendencia como factor de desarrollo económico y social. En el ámbito urbanístico se promovieron fundamentalmente alineaciones de calles, obras de pavimentación, actuaciones relacionadas con el ornato público y canalizaciones. En el productivo, se fomentó la introducción de nuevos cultivos, la extensión de los regadíos y se impulsó la construcción de nuevos molinos a las afueras de la ciudad (de viento como en la actual calle Núñez de la Peña o de agua como los del Barranco de La Carnicería).
La crisis de las exportaciones vitícolas, sin embargo, quebrantaba los fondos del Cabildo y el patrimonio de la nobleza promotora de estas actuaciones, de forma que muchas de las mejoras, condicionadas a la existencia de liquidez, simplemente no llegaron a ejecutarse.
La extensión del perímetro urbano de San Cristóbal de La Laguna, si se cotejan los planos de Torriani (c. 1588) y Chevalier Isle (1779), es apenas perceptible en dos siglos. La ciudad tan sólo se expande hacia el sur, entre las ermitas de San Cristóbal y San Juan, mediante la parcelación de media docena de manzanas, si bien éstas, aun en la segunda década del XIX, aparecen escasamente edificadas y en gran parte ocupadas por huertas.

Plano de la ciudad - Le Chevalier Isle (1779)

El siglo XIX confirmó y acentuó la tendencia anterior. La creación de nuevos municipios, en 1812, y la confirmación de Santa Cruz de Tenerife como capital provincial, una vez asentado el régimen liberal, precipitaron la decadencia municipal y la pérdida de influencia del antiguo Cabildo. En este proceso, la creación de instituciones como la Junta Suprema de Canarias o el Consulado Marítimo Terrestre, ambas en San Cristóbal de La Laguna, no suponen más que pequeñas excepciones que no revertirán el curso general.
En el tracto comprendido desde comienzos de siglo hasta mediados de la década de 1860 se registra un proceso de regresión urbana o de desurbanización, con abandono y ruina de inmuebles en el centro histórico de la ciudad. En 1837, en el marco de una ciudad ruralizada, se abordan finalmente las obras de desagüe y relleno de la laguna para aprovechamiento agrícola.
Hacia 1864 se entra en un ciclo expansivo impulsado por el auge del comercio de la cochinilla. Durante este breve periodo, las obras se acometen preferentemente en el centro histórico, correspondiendo la mayoría de ellas a reformas y reedificaciones de inmuebles preexistentes. Buena parte de los propietarios de estas casas desvencijadas descendían o eran deudos de aquellos que se habían dedicado al cultivo y a la exportación de vinos. La exportación de la cochinilla les insuflaba ahora un renovado vigor financiero con el que poder recuperar y renovar sus casas.

El urbanismo de La Laguna

Tanto el trazado de sus calles, como la organización del parcelario y la distribución de las plazas en el entramado urbano son motivos esenciales que convierten a San Cristóbal de La Laguna en Ciudad Patrimonio de la Humanidad. En los principales repartos urbanos que se otorgan en la ciudad, una vez conquistada la isla, es posible constatar cómo los oficiales y comisionados del Cabildo trazaban primero las calles y, una vez alineadas estas, se parcelaban y medían los solares, procediéndose luego al reparto entre los beneficiarios. El hecho de subordinar la parcela privada al viario ya es indicativo de una clara vocación ordenadora del crecimiento urbano, que debía constreñirse a un área delimitada con anterioridad para no invadir la dehesa. La propia traslación del núcleo de la incipiente ciudad a la Villa de Abajo sugiere la inclinación del Adelantado y el Concejo por conseguir un diseño ordenado en el que prevaleciese el concepto de calle recta y manzana regular, idea que ya contaba con una larga tradición en los campamentos militares y que ya había sido puesta en práctica en algunos asentamientos permanentes tras la Reconquista. Esta determinación institucional para normalizar el entramado viario se impondrá poco a poco sobre los intereses individuales y la mentalidad campesina de muchos pobladores: en una fecha tan próxima a la fundación como la de 1514, el núcleo de la Villa de Abajo contaba con siete calles reconocidas como tales, mientras que la Villa de Arriba, con su urbanización espontánea y no planificada no disponía de una calle que mereciese tal nombre. La urbanización de la ciudad, sin embargo, debió aplicarse en parte sobre ciertos terrenos que ya habían sido objeto de adjudicación, y cuya propiedad era preciso respetar –especialmente en una época en que debía fomentarse el poblamiento–, razón por la cual algunas calles no resultaron del todo rectas ni otras manzanas del todo regulares. Las propias ordenanzas del Cabildo, en sus primeras recopilaciones, conceden importancia a la calle como espacio público, disponiendo que la gente que trabajaba en la edificación de sus casas desembarazase la calle de escombros y prohibiendo ciertas prácticas como la de apilar leña, quemar paja o dejar los cerdos sueltos en ellas.

Tramo empedrado de la calle Obispo Rey Redondo (antigua La Carrera) - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Las calles principales, las que en mayor medida participan en la articulación del trazado urbano son: la de la Carrera (actual Obispo Rey Redondo), la vía de comunicación más importante entre la plaza del Adelantado y la Villa de Arriba, con la plaza de Los Remedios y la iglesia como hito intermedio; la calle Herradores, nexo de conexión entre el camino de Santa Cruz y las vías que desde la Villa de Arriba discurrían hacia el norte de la isla; la calle del Agua (actual Nava y Grimón), con salida hacia el convento de San Francisco, desde donde partían los caminos de Las Mercedes y la Rúa, y en el transcurso de la cual se hallaban el convento de las Claras y el hospital de San Sebastián; y la calle San Agustín, con el convento agustino y el hospital de Dolores como inmuebles más significativos, que conducía hasta el borde mismo de la laguna y tenía salida asimismo hacia los caminos que conducían al norte de la isla.

Otro de los factores que ha dejado su huella impresa en la configuración urbana es el parcelario. Al margen del tamaño de la parcela, relacionado con la condición social del ocupante, el denominador común del parcelario ha sido la planta ortogonal, mayoritariamente rectangular y con desarrollo en sentido perpendicular a la calle; además de la presencia consuetudinaria del «corral», un espacio que ha sido ocupado históricamente por el patio, la huerta, los corrales y otras dependencias auxiliares, y hacia al que se ha extendido la edificación, en el transcurso de sucesivas ampliaciones, mediante el añadido de crujías a escuadra en torno a un patio, con el cuerpo principal emplazado siempre en uno de los lados menores de la parcela y frontero con la calle.
El secular estancamiento demográfico de La Laguna favoreció la conservación de este parcelario, en el que la fronda de jardines y huertas interiores se convirtió en un elemento caracterizador del mismo, permaneciendo casi inalterado hasta la segunda mitad del siglo XX, por lo que su contemplación desde la cercana montaña de San Roque, debía resultar, tal como nos muestran las fotografías, similar a la que describiese el ingeniero italiano Torriani en el XVI, con «las calles rectas [y] las casas llenas de árboles».
El tercer elemento articulador del espacio urbano de San Cristóbal de La Laguna son las plazas. Por sí mismas son espacios generadores de trazado y de tejido edilicio que termina subordinando las edificaciones circundantes a sus contornos. La plaza de San Miguel o del Adelantado, por ejemplo, determina el arranque de dos de las calles principales del trazado: la del Agua y la de la Carrera, que junto con San Agustín y Herradores sirvieron de guía para la traza de las calles secundarias.

Itinerario

La plaza del Adelantado. La traslación de las sesiones capitulares a las casas del Adelantado y la ordenanza, prohibiendo la construcción de inmuebles en la Villa de Arriba, constituyeron una meditada decisión que pude calificarse como de auténtica «refundación» de la ciudad. El lugar elegido, hacia el sureste del asentamiento original, se hallaba en una zona más llana, menos afectada por el insalubre estancamiento de las aguas de la laguna durante el estío, rodeado de cursos de agua y en una posición estratégica más favorable que la anterior, dominando el camino que ascendía desde el puerto.

Plaza del Adelantado (con la Ermita de San Miguel al fondo) - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

La construcción, en 1505, de la ermita de San Miguel; la edificación de la sede del Cabildo, con la audiencia y la cárcel, a partir de 1512; y la temprana resolución (1511) de llevar el agua de abasto público a la plaza canalizándola desde los montes de Tegueste y Las Mercedes, son tres de los hitos que marcan el reconocimiento de este espacio público, refrendado luego por decisiones estratégicas y simbólicas como las de situar aquí la carnicería y la pescadería, así como la picota y el rollo, lugar donde se ejecutaba y se sometía a escarnio público a los penados. El establecimiento de las instituciones de gobierno es, en consecuencia, prácticamente simultáneo al de la generación del espacio físico de la plaza y, a su vez, serán los propios inmuebles los que definen el perímetro de la misma y los que le infundirán parte de su simbolismo. Muy pronto se convirtió en el centro de la vida pública. En 1522 el Cabildo acordó hacer la carnicería en la plaza, y en 1524 encargó la obra de la fuente, cuyos pilares debían contar con basas, capiteles ochavados y molduras, con las armas del escudo real en los capiteles. En 1526 obligaba a los vendedores a hacer mercado en la misma y, en 1538, tras el incendio de las casas del Cabildo, decidió reconstruirlas en el mismo lugar.

Con el tiempo adquiriría la consideración de plaza mayor y, si bien su planta no era del todo regular, algunas disposiciones administrativas persiguieron –sin conseguirlo– homogeneizar su contorno a la manera de las plazas mayores castellanas, facultando a los vecinos de la plaza para que construyesen soportales en las fachadas. En 1585 comenzó a edificarse en uno de los extremos la casa solar del regidor Tomás Grimón, que tras sucesivas reformas ha llegado hasta nuestros días bajo la denominación de palacio de Nava, marcando el inicio de la calle del Agua. Hacia finales de siglo, además del Corregidor, residían en la plaza los regidores Hernando del Hoyo, Francisco Alzola de Vergara y Alonso de Llerena.

Plaza de Santo Domingo - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

En la plaza, por ser la principal, se leían los pregones, se celebraban las proclamaciones reales y se organizaban festejos. Era, además, el punto de confluencia de las procesiones más importantes, siendo la más popular la del Paso, en la tarde del Miércoles Santo, donde se encontraban las imágenes de Jesús Nazareno y Nuestra Señora, ambas procedentes del convento agustino.
En el transcurso de los siglos XVI y XVII la plaza permaneció como un espacio expedito de tierra, sin otro motivo ornamental que la fuente de abasto público. El plano de Torriani (1588) muestra una plaza de contorno más irregular que el actual, sobre todo en la zona coincidente con la esquina sureste. Tampoco durante el siglo XVIII dispuso la plaza del Adelantado de pavimento. Los edificios tenían frontera con la plaza sin que existiese ningún elemento delimitador o de transición entre ambos (vías, muros o pretiles). Tan solo a finales de la centuria, en 1798, se registran algunas obras de pavimentación en las calles que rodeaban la plaza y que afectaron al empedrado de la calle Santo Domingo.

Durante la Ilustración, la mayoría de los edificios que rodean la plaza fueron objeto de remodelaciones que afectaron al ámbito público: su fachada, imponiéndose las convenciones del lenguaje neoclásico, sobre todo en lo tocante a la regularización de los vanos, así como a la construcción de parapetos para ocultar aleros y cubiertas. En 1841 se aprobó el primer proyecto centrado exclusivamente en hermosear la plaza, recogiendo además la vieja idea de crear una alameda. En el presupuesto se desglosan, entre otros capítulos, el importe de la cantería para los bordillos, la zahorra para la composición del piso, la construcción de canapés, el plantío de los árboles y canalizaciones para el regadío de los mismos. La obra finalizó en 1843. Este proyecto urbanizador coincide además con la instalación del mercado y el matadero en uno de los costados (este) de la plaza, reformando la casa del Granero para este cometido. Terminada la plaza y provista ya de una pequeña alameda –que ya se refleja en el plano de Pereira Pacheco, de 1855– el siguiente paso consistía en adquirir un elemento ornamental que la caracterizase como espacio público.

Plano - Pereira Pacheco (1809)
Plano - Pereira Pacheco (1831)

Durante el siglo XVIII se habían introducido los primeros adornos marmóreos en Tenerife, encarnados por alegorías y fuentes, en plazas y alamedas. Estas fuentes, en el XIX, ya no cumplían otra función que la estética. La fuente de mármol se encargó en Marsella, y arribó al puerto de Santa Cruz en abril de 1869. La verja de hierro forjado que habría de protegerla llegó a su vez en el mes de julio. Desde la década de 1870 hasta finales de siglo, las actuaciones en la plaza se dirigieron a crear zonas ajardinadas entre los paseos. Estos jardines no figuran en la representación de la plaza que plasmara Alejandro de Ossuna en una acuarela cercana a 1870; tan sólo aparecen la alameda, muy concurrida, y los bancos alineados con los paseos. Sin embargo, sí que se puede apreciar esta mejora en una fotografía de la fuente fechada hacia 1880, donde aparecen, en segundo plano, unos jardincillos delimitados por arbustos. En el plano de Juan Villalta (1899) ya se distinguen claramente cuatro parterres en forma de enjutas rodeando la fuente. En 1904 se pavimentaron con cemento los paseos principales, y en 1912 volvieron a modificarse los jardines interiores. Otra fotografía, de la década de 1920, nos permite apreciar transformaciones en los jardines: algunos de los setos que los delimitaban desaparecieron, y se crearon pequeños montículos con plantaciones que a su vez originaban paseíllos entre ellos. Las fotografías de esta época muestran, ya en los paseos perimetrales, unas alamedas perfectamente definidas, con sus bancos e hileras de árboles, pavimentadas con baldosas de cemento y con alcorques circulares en torno a los árboles.

Plaza de la Concepción. El primer emplazamiento de este templo se hallaba, según las referencias más antiguas, «a un tiro largo de piedra» del actual. Esta iglesia primitiva, bajo la advocación de Santa María la Mayor, sin duda contó con una pequeña plaza en torno a la cual se habrían edificado las primeras casas de la villa. Si bien no se ha realizado una excavación arqueológica, algunas indicaciones del plano de Torriani, bajo la intitulación de «Villa Vechia», la ubican de forma inequívoca hacia el lado este de la actual calle marqués de Celada, en el primer tramo de la misma partiendo desde La Concepción y en el interior de una manzana ya urbanizada, lindando con casas y con corrales de otras viviendas cuya fachada se orientaba hacia la calle trasera, la actual calle Maya, presentando una pequeña embocadura de acceso hacia la calle Marqués de Celada. Se la representa con un perímetro irregular, y parece que parte de la superficie original de la plaza pudo haber sido invadida por alguna de las casas que siguen la alineación de la calle. En el plano se aprecia, con todo, que aún por esa época (1588) varios inmuebles disponían de fachada a la plaza.

Plaza de La Concepción - Concejalía de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna

Fue a partir de 1511, año en que se decidió cambiar la ubicación del templo desplazándolo hacia el sur, cuando La Concepción se convirtió en el principal nudo urbanizador de la Villa de Arriba. El espacio inmediato al templo prosperó lentamente debido a la atonía inicial que caracterizó la fábrica. Sin embargo, por la propia disposición de la iglesia y de las calles que, desde la Villa de Abajo, desembocaban en La Concepción, a ambos costados de la iglesia se desarrollaron sendas plazas casi independientes, cada una de ellas provista de una funcionalidad específica.
Hacia el sur del templo se abría la plaza de la Antigua (actual Dr. Olivera). Ubicada entre las actuales calles Herradores y Marqués de Celada (antiguas Mesones y Empedrada), la plaza constituía el nodo de conexión entre el camino de Santa Cruz, cuya prolongación urbana era la calle Herradores, y los caminos que conducían a las feraces tierras de cultivo del norte de la isla, Tacoronte y Valle de la Orotava, tornándose en uno de los enclaves más transitados de la ciudad y lugar de parada y fonda obligatorio del trayecto. En la época de los carruajes se convirtió en la plaza de la Estación y, en 1901, con motivo de la instalación de la línea de tranvías, aquí se situará la parada más importante. Durante la segunda mitad del XIX fue objeto de pequeñas actuaciones como el plantío de árboles y la delimitación de su contorno respecto a la calle. Con motivo de la ubicación de la parada del tranvía, en 1901, el muro perimetral se retranqueó unos metros hacia la iglesia.

La otra plaza, hacia el norte, era conocida indistintamente por plaza de la Concepción o de la Pila Seca. En 1522 se decidió que el agua de abasto público, además de a la plaza principal (Adelantado), debía conducirse a otras dos fuentes, una en los Remedios y otra en La Concepción.

La ubicación de esta última fuente y los problemas que comportaba el traslado del agua desde el punto de bifurcación del canal, cercano al convento de San Francisco y con escaso desnivel hacia la zona de La Concepción, fueron en parte responsables de la curiosa planta que presenta este espacio. Desde el primer tercio del XVI, al ámbito propio de la plaza de la iglesia se incorpora otro de factura trapezoidal, como un apéndice de la zona inmediata a la iglesia, que se prolonga hacia el extremo sur, donde el desnivel es más acusado y podía ubicarse la fuente. Se tiene constancia documental de la existencia de un primitivo puente que salvaba el antiguo barranco que recorría la zona. Desde el momento en que se construyó el pilar, el lugar pasó a denominarse plaza de la Pila Baja o de la Pila Enterrada: al margen del desnivel, se había soterrado la misma con el fin de procurarle algo de presión al agua. El acuerdo para construir la fuente en la plaza de La Concepción es de 1525, aunque no se ejecutó por falta de fondos. En 1530 la fuente ya se hallaba en funcionamiento, si bien los problemas de falta de presión aludidos provocaron que pronto dejase de manar agua y recibiese el nombre de plaza de la Pila Seca. En 1561 se ordenó su reparación, pero hacia 1575 la fuente no constituía más que un elemento ornamental. Por esta época se la conocía indistintamente por plaza de la Pila Seca o de La Concepción, unificándose ambos espacios con el transcurrir del tiempo.
En la cartografía histórica se puede apreciar que por el flanco oeste, frente a la pila, discurría un callejón hacia la actual calle Herradores. Este callejón desapareció, absorbido por la manzana, hacia mediados del siglo XIX, si bien la estrechez del parcelario en el tramo en que se hallaba refleja claramente su antigua ubicación. Entre el último cuarto del XIX y el primero del XX, la plaza fue objeto de una serie de transformaciones entre las que se cuenta el traslado de la fuente a la actual plaza de la Junta Suprema, la instalación de una torre transformadora de electricidad y el ajardinado central. Junto a la pared lateral del Evangelio se puede apreciar en la actualidad un resto de adoquinado que, al igual que el que se conserva en la zona baja de la plaza, en torno a la torre transformadora, poco tiene que ver con el original. Levantado de las calles, se utilizó en el último cuarto del siglo XX para «embellecer» el interior de algunas plazas, lugar para el que, demás está decirlo, no fue concebido originalmente.

Plaza de los Remedios. En 1515 el Cabildo decidió promover la erección de una parroquia en la Villa de Abajo con la idea, apenas disimulada, de que en un tiempo pudiese convertirse en un gran templo capaz de albergar una sede episcopal. La iniciativa para su construcción partió del Cabildo y del Adelantado, quienes, deseosos de favorecer el crecimiento de la Villa de Abajo, cedieron en 1515 los terrenos para tal fin. La iglesia debía construirse aprovechando una ermita que ya existía en el lugar, edificando la capilla hacia los corrales del Cabildo, de manera que quedase «la iglesia, su capilla y su cementerio e plaça todo conpasado». La plaza perderá amplitud conforme vaya creciendo el templo, primero, con el aumento del buque o la nave central (1520-1523), y luego con la ampliación a tres naves, en 1559. Se desarrollaba hacia el oeste, el sur y el norte de la fachada principal de la iglesia, siendo más amplia que en la actualidad, como se aprecia en el plano de Torriani. Por la trasera del templo corría un callejón que quedará suprimido con la ampliación del siglo XVIII. Consolidando esta zona mediante la creación de un espacio relevante, se conseguía proyectar el crecimiento urbano hacia la Villa de Arriba. Era solo cuestión de tiempo que la trama acabara de cerrarse. En este sentido, la calle Carrera se convirtió en el eje que vertebraría la unión de ambas villas, contando con dos plazas en los extremos y con otra a mitad del recorrido. Con la erección del templo se escenificaba además la separación entre los poderes civil y eclesiástico: el primero con sede en la plaza del Adelantado y el segundo en Los Remedios.
A principios de la década de 1520 se resolvió que el agua de abasto público alcanzase esta plaza, donde debía colocarse una fuente. Las Ordenanzas Viejas, recopiladas en 1540, disponían que se fabricase aquí un pilar con figuras antropomorfas y un león. La fuente, sin embargo, no se llegó a colocar nunca, y se fueron sucediendo diferentes proyectos sin que ninguno cristalizase. En 1526 se autorizó la presencia de dos vendedoras en la plaza, pudiendo vender pan cocido, verdura y frutas, y teniendo vedada la venta de carne, pescado y caza, que debía realizarse en la plaza principal, donde se hacía el mercado. También se leían aquí los pregones y se celebraban remates de rentas, como en una plaza principal.
Durante el siglo XVIII resurgirá la vieja aspiración de contar con una sede catedralicia. En la década de 1730 arrancan las obras que, hacia mediados de siglo, concluirán con un templo ampliado a cinco naves y provisto de cúpula sobre el crucero, además de una nave más amplia, con nuevo presbiterio, que acabó absorbiendo parte del antiguo callejón de las Emparedadas o del Emparedamiento.
A comienzos del XIX, ya inmersos en el proyecto de la Catedral, los hermanos Bencomo promovieron la reedificación de su fachada. Cristóbal Bencomo remitió los planos que Ventura Rodríguez había diseñado para la catedral de Pamplona. Juan Nepomuceno Verdugo da Pelo y Juan Díaz se encargaron de adaptarlos suprimiendo elementos ornamentales y simplificando el diseño. Las obras, que se dilataron más de la cuenta, acabaron dotando al templo de una nueva fachada de estética neoclásica, con columnata central exenta de orden toscano, entablamento y remate en frontón triangular.
A principios del XX, sin embargo, el edificio presentaba graves problemas estructurales -el empuje de la bóveda amenazaba con colapsar los arcos del crucero-, por lo que se decretó su cierre y se encargó un nuevo proyecto al ingeniero Rodrigo de Vallabriga, quien demolió todo el cuerpo de la iglesia, salvo la fachada, y erigió otra nueva con cubiertas neogóticas de hormigón armado y planta en cruz latina.
Su significación como plaza, desde el punto de vista urbano, no fue tan relevante como la plaza del Adelantado. Al margen de la consideración de la primera como un hito fundacional, el espacio de la plaza de Los Remedios quedó subordinado a la ampliación del templo. Parece que con el transcurrir del tiempo la plaza fue perdiendo muchas de sus antiguas funciones urbanas, perjudicada por las continuas e inacabables obras de la Iglesia. Tal es así que, durante el primer cuarto del XIX, el lugar se utilizaba como escombrera de todo el vecindario e, incluso, como basurero. En 1830 se construye un pretil de cantería que delimita la plaza con respecto al viario; en 1860 se planta de álamos; y en 1888 comienza a enlosarse, concluyéndose la pavimentación a finales de siglo mediante una suscripción popular. Los macizos de vegetación y el pequeño estanque que hace esquina con la calle Bencomo son de principios del siglo XX. En el transcurso de las últimas obras de urbanización de la plaza han aparecido restos de pavimento empedrado con un bordillo bien alineado y otras estructuras, alguna de ellas atribuible, presumiblemente, a un antiguo inmueble. Los restos han sido delimitados en tres diferentes ámbitos que se hallan pendientes de excavación. A modo de curiosidad, en el lado de la plaza orientado hacia la calle Bencomo, aún se conserva un fragmento del antiguo enlosado –probablemente de la época en que la plaza contaba con pavimento empedrado o de tierra– destinado a resistir el vertido de una de las gárgolas laterales de la fachada. Igualmente, uno de los antiguos bordillos de cantería basáltica, en la esquina con Bencomo, presenta un grabado cuadrangular (otro idéntico lo hallamos en la calle Santiago Cuadrado) cuya interpretación se desconoce.

Otras plazas. La temprana instalación de las órdenes monásticas –franciscanos y agustinos acompañaban a Lugo en la conquista– y la construcción de los conventos comportó la generación de otros nodos y espacios en torno a los cuales creció el tejido urbano. Tal sucedió con los conventos agustino y dominico.
El primero, más antiguo (las obras comenzaron en 1506), marcó en su momento el límite de la Villa de Abajo. La demolición de la vieja iglesia y la construcción de otra nueva retranqueando la fábrica hacia el este, entre las décadas de 1760 y 1780, dejó espacio a una plaza más amplia a la entrada de la iglesia y el convento. Tras la desamortización y la posterior creación del Instituto de Segunda Enseñanza, la plaza adquirió una vitalidad hasta entonces desconocida. En 1902 se aprobó un proyecto que incluía el enlosado y el ajardinado de parte de la plaza, además del cerramiento de rejería sobre zócalo que aún conserva. Las recientes obras de peatonalización de la calle han respetado el enlosado original de la acera, frontero con el muro de la plaza.
El convento dominico comenzó a fabricarse en 1527, en el extremo sureste de la población, aprovechando como templo la antigua ermita de La Concepción. Cotejando los diferentes planos de la ciudad desde el siglo XVI, se observa que la zona apenas sufrió alguna variación hasta el siglo XX. Tan solo se aprecia, durante el último cuarto del siglo XIX, la plantación de árboles en el espacio que se abre hacia el costado norte de la Iglesia, ocupado hoy por el edificio de Correos.
El convento de San Francisco, situado en un lugar más excéntrico, tardó bastante más en integrarse en la trama urbana, a pesar de que en ella desembocan tres calles: la del Agua, Viana (antigua del Pino) y Tabares de Cala (Los Álamos), y que, desde el costado norte, partían sendos caminos hacia el Llano: el de la Rúa y el de Las Mercedes. Hasta entrado el siglo XX el espacio permaneció sin pavimentar, tan sólo se puede apuntar, hacia finales del XIX, el plantío de árboles a lo largo del perímetro. A partir de 1839, cuando la casa conventual se convirtió en cuartel, se utilizó la plaza como campo de maniobras. Parce que hasta principios del siglo XX existía una era en su interior, que se utilizaba para la celebración de algunas fiestas populares y que incluso sirvió como lugar de pasto, de lo que se traduce que, más que una plaza urbana, se trataba de una explanada inmediata al casco, que fue aprovechada por la ciudad como un espacio multifuncional.