Baeza

La muralla de Baeza a lo largo de la historia

La ciudad de Baeza se localiza en la cuenca alta del río Guadalquivir, dentro de la comarca de La Loma, en la provincia de Jaén. Este ámbito espacial permite la conexión del valle del Guadalquivir con la zona oriental de Andalucía y con el Levante peninsular. Se dispone en una situación intermedia que ha permitido la comunicación entre el centro y oriente peninsular con Andalucía.

La condición geoestratégica de la comarca de La Loma, en la dorsal entre los ríos Guadalimar y Guadalquivir, dominando sus amplios valles, es esencial para las ciudades que en ellas se asientan. La elección del emplazamiento de la ciudad de Baeza refuerza su posición estratégica primando su carácter defensivo. La visión de la ciudad desde el valle y el camino de Jaén exhiben su condición fortificada que domina el valle y que será determinante a lo largo de toda su historia.

Vista aérea de Baeza - Ayto. Baeza

Al interior del recinto amurallado, en su zona central, se articula el conjunto monumental en torno al que se distribuye un caserío homogéneo formado mayoritariamente por casas unifamiliares de dos plantas y por algunos bloques de viviendas en su periferia, que no suelen distorsionar su visualización y su fisonomía. Este conjunto monumental responde a un proyecto renacentista que sustituyó a las tramas medievales previas y que se extendió desde el siglo XVI al resto de la ciudad.

Ámbito declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad - Ayto. Baeza

Es en el extremo suroeste de la ciudad, en el cerro del Alcázar, donde los depósitos arqueológicos existentes ofrecen una secuencia continuada y amplia del proceso histórico de la ciudad. En este ámbito intramuros y en sus laderas se sucede el poblamiento desde los tiempos prehistóricos de la etapa calcolítica, hace unos 5200 años, hasta la actualidad.

Con el Imperio Romano, en el siglo I a.C., Vivatia adquiere el rango de Municipio, formando parte del aparato administrativo y de la organización territorial romana con pleno derecho. Desde mediados del siglo II d.C. se constata la crisis del sistema municipal romano y la concentración de la propiedad de la tierra, lo que derivó en la potenciación de la vida rural a través de grandes explotaciones agrarias organizadas desde las villas rurales que adquirieron un peso económico mucho más relevante.

Con el Imperio Romano, en el siglo I a.C., Vivatia adquiere el rango de Municipio, formando parte del aparato administrativo y de la organización territorial romana con pleno derecho. Desde mediados del siglo II d.C. se constata la crisis del sistema municipal romano y la concentración de la propiedad de la tierra, lo que derivó en la potenciación de la vida rural a través de grandes explotaciones agrarias organizadas desde las villas rurales que adquirieron un peso económico mucho más relevante

Los espacios residenciales de la ciudad romana han sido documentados en varias zonas del casco urbano y vienen a corresponderse con el desarrollo de la ciudad ligada al proceso de municipalización de época flavia, refrendado por el acceso a la ciudadanía otorgada por Vespasiano en el siglo I d. C.

En la etapa visigoda Biatia llegó a constituirse en sede episcopal como evidencia la asistencia de su obispo Rogato al XI Concilio de Toledo en el año 675. La acuñación de moneda hacia mediados del siglo VII bajo los reinados de Tulga y Chindasvinto, refrendaría su jerarquía como centro urbano.

Durante la etapa musulmana Bayyasa continuó teniendo un papel relevante como una de las ciudades más importantes de la Cora de Jaén, ostentando la capitalidad de uno de los iqlin o distritos territoriales de la Cora.

A partir del reinado de Abd al-Rahman II (822-852) el poder del emirato se consolida, lo que conlleva un proceso general de urbanización de las ciudades ligado al aumento de su población. Es muy probable que Bayyasa también fuera participe de esa potenciación de los centros urbanos, adquiriendo la capitalidad de distrito (Iqlin), y construyendo o reforzando sus murallas y su Alcázar.

El convulso periodo del Emirato Omeya, estuvo marcado en su etapa final por la sublevación muladí. Esta sublevación se produjo como respuesta al proceso de control del estado en detrimento de los intereses y privilegios de las grandes familias terratenientes árabes y muladíes.

Desde finales del siglo XI tienen lugar las dominaciones almorávide y almohade de la ciudad, con el intervalo de la conquista por Alfonso VII, pasando a manos cristianas entre 1147 y 1157, volviendo después a dominio almohade. No obstante, su posición estratégica entre la meseta castellana y el valle del Guadalquivir, determinó frecuentes razias cristianas en territorio musulmán.

La batalla de las Navas de Tolosa en 1212 se resuelve con la derrota del califa almohade, facilitando la conquista del territorio que de forma progresiva pasará a manos cristianas. Tras esta batalla la población de Baeza se trasladó a Úbeda, pero ambos núcleos fueron saqueados e incendiados. Tras el asalto los cristianos se retiraron y las ciudades volvieron a manos musulmanas.

Después de la batalla de las Navas las disputas por el poder en el seno de la familia almohade, favorecieron el control de Baeza por Àbd allâ b. Muhammad al-Bayyâsî, que reforzó su posición frente al poder sevillano pactando y rindiendo vasallaje al rey castellano Fernando III.

La ciudad islámica de Bayyasa contó con un recinto amurallado y con un arrabal que se extendía hasta el cauce del arroyo de Val de la Azacaya o del Matadero. No conocemos fuentes escritas que nos informen directamente sobre las murallas durante el periodo islámico y con los datos disponibles tampoco podemos determinar el trazado completo del recinto amurallado. Las excavaciones arqueológicas han permitido conocer los únicos elementos de la fortificación asignable a esta etapa que se sitúan en el flanco noroeste del sistema de defensivo, en el tramo comprendido entre la puerta de Jaén y la puerta del Barbudo.

Se ha documentado un área de viviendas islámicas de la etapa almohade (siglos XII-XIII) adosadas a la muralla. Estas viviendas fueron abandonadas y sobre ellas se construyó el antemural de la barbacana existente entre la puerta de Jaén y la puerta del Barbudo. Estos datos permiten establecer la edificación de la barbacana en este sector en el siglo XIII, después de la conquista castellana de la ciudad.

Los documentos escritos conocidos que hacen referencia a las fortificaciones de la ciudad medieval son fuentes cristianas que datan del siglo XIV y hacen referencia a su reparación y a varias puertas y torres de su trazado.

En estos encargos de reparación se nombran dos recintos de la villa, el çinto primero y el çinto de medio. El recinto de medio ocupaba el espolón sobre el que se situaba la ciudad y cerraba por su lado noreste con el lienzo de muralla que desde la puerta de la Azacaya discurría junto a la iglesia de San Gil, la plaza de Santa Maria, la iglesia de San Juan y el Palacio Episcopal, hasta cerrar el recinto conectando con la muralla de la cornisa sureste. En ese lienzo se refieren varias torres y puertas denominadas torre del Rincón de San Gil, torre de Martín Fernández, torre primera y torre de las Casas del Obispo, puerta del Hierro, puerta de la plaza de Santa María, puerta del arquillo de San Juan. Estos datos confirman el cierre del recinto por su lado noreste. Tras la conquista castellana se refuerzan las defensas ampliándose el recinto fortificado hacia el noreste hasta la calle Obispo Narváez. El recinto inicial perduró durante la Baja Edad Media, si bien su lienzo noreste quedo en mitad del nuevo recinto, perdiendo su función de cierre perimetral tras la ampliación.

El lienzo noroeste se prolonga siguiendo el cauce del arroyo de Val de la Azacaya hasta la torre de los Altares de donde parte el lienzo cambia de orientación hasta conectar con el lienzo de la cornisa meridional de la ciudad. En este tramo, con un terreno más llano se situaban las puertas del Cañuelo, Úbeda y más al sur la de Quesada, que protegidas por varias de las torres de más grandes del recinto (torres de Los Altares, puerta de Úbeda y Habladera) formaban parte de los accesos principales a la ciudad. Desde este punto, la muralla adquiría dirección sureste siguiendo la cornisa meridional hasta conectar con el lienzo del primer recinto donde se situaría la puerta de Granada.

Existen referencias de finales del siglo XVII sobre una torre aledaña a la iglesia de San Pedro, que han servido para plantear la prolongación de la muralla por la cuesta de San Gil hasta la antigua calle Pintada Alta.

Estos documentos nos indican que el perímetro actual del recinto fortificado ya estaba funcionando a principios del siglo XIV, por lo que lo que la ampliación tras la conquista se podría remontar al siglo XIII, momento en el que también se realizó la barbacana con la construcción de su antemural.

Tras la conquista castellana el poblamiento supera el arroyo y se extiende hacia el altozano de enfrente (cerro de la Horca), donde se desarrollará un nuevo arrabal cristiano, conocido como del Salvador tras la fundación de su parroquia hacia finales del siglo XIV. Desde la conquista cristiana y hasta principios del siglo XIV hubo de construirse el antemuro que conformaba la barbacana de la zona occidental de la muralla y del que se ha documentado un tramo de unos doscientos metros entre la puerta de Jaén y la puerta del Rastro. Esta barbacana se prolongaría al menos hasta la puerta de la Azacaya donde, integrados en las viviendas colindantes, se constatan los retranqueos de la muralla, una torre con escaleras de acceso también hacia el adarve y vanos de acceso actualmente cegados.

Vista aérea del espacio comprendido entre la puerta del Rastro y la puerta de Jaén - Ayto. Baeza

El uso de la pólvora y la implantación de la artillería entre los siglos XIV y XV implicaron importantes cambios en las fortificaciones de las ciudades. En el siglo XV, durante los reinados de Juan II y Enrique IV, debieron tener lugar importantes modificaciones en el sistema defensivo de Baeza como manifiesta la presencia de troneras, el reforzamiento de las torres y la inutilización, al menos parcial, de la barbacana.

Desde el reinado de los Reyes Católicos hasta la segunda mitad del siglo XVII, coincidiendo con la etapa renacentista, la ciudad experimenta su máximo desarrollo económico y poblacional, adquiriendo también una importante relevancia sociopolítica dentro del reino, en relación con la presencia de una amplia población señorial. Esta pujanza económica se asienta sobre una destacada producción agraria y un incremento notable en su actividad manufacturera, especialmente ligada a la artesanía de los paños y las pieles.

En el siglo XVI, el desarrollo económico y el incremento poblacional, que llego a alcanzar los 20.000 habitantes, se plasman en la consolidación del área extramuros de la plaza del Mercado y su entorno como el nuevo centro neurálgico de la ciudad, escenario ciudadano para la celebración de fiestas y otros tipos de acontecimientos públicos.

En la Edad Moderna tiene lugar el progresivo deterioro de las murallas de la ciudad, sobre todo a partir del siglo XVII. Las actuaciones del cabildo municipal oscilaran entre su reparación y su desmantelamiento. Esta situación es consecuencia de la pérdida de su función defensiva y de la continua merma de la hacienda municipal. Estas condiciones se expresan en el urbanismo por el abandono del barrio del Alcázar o la edificación de numerosos edificios que la integran en sus solares o se adosan a las murallas.

A partir del siglo XVII la desmembración y decadencia del imperio español se ve reflejada en el retraimiento de la ciudad. La reducción de la población casi a la mitad por múltiples factores (la expulsión de los moriscos en 1609, malas cosechas, enfermedades, emancipaciones de núcleos urbanos, levas de soldados, etc.) se ve reflejada en la recesión de muchos barrios cuyas parroquias terminan cerrándose al culto por falta de feligreses. En el caso del barrio del Alcázar, núcleo originario de la ciudad, esta realidad conlleva el despoblamiento y destrucción de sus edificaciones, desmanteladas para la reutilización de sus materiales constructivos.

En este mismo siglo, el jesuita Francisco de Torres realiza una descripción del recinto fortificado de la ciudad. En su narración refiere los restos aún visibles de este lienzo que cerraba el recinto por su lado noreste antes de su ampliación. Nos dice que la muralla proseguía por las Escuelas Viejas hacia la iglesia de San Gil, en cuyo corral había una torre. Su trazado continuaba hasta otra torre situada junto a la iglesia de San Juan hasta conectar con la puerta de Granada. También apunta la demolición de unos argamasones en la plaza de Santa María para construir su fuente renacentista.

En el siglo XVIII Baeza había perdido ya la relevancia que adquirió durante la etapa renacentista. Con el descenso poblacional, el espacio urbano se contrae, abandonándose varias zonas y edificios representativos del periodo renacentista. Esta circunstancia se muestra especialmente en el despoblamiento casi generalizado del barrio del Alcázar y parcial del barrio de San Vicente.

En el siglo XIX, la difícil situación general del país, endeudado y con el erario público bajo mínimos, derivó en las políticas desamortizadoras que afectaron al régimen de propiedad, sobre todo a los bienes eclesiásticos.

A lo largo de la primera mitad del siglo XX, la debilidad y escasos recursos de la hacienda municipal condicionaron las actuaciones públicas en la ciudad. Este proceso de decadencia se constata en el agravamiento del deterioro de muchos edificios y en los problemas de mantenimiento de infraestructuras viarias y otros espacios públicos, que los exiguos recursos de la administración local apenas podía afrontar.

Un recorrido por la muralla de Baeza

El sistema de fortificación de la ciudad medieval estaba formado por el Alcázar y dos recintos amurallados sucesivos correspondientes a la ocupación islámica y a su ampliación durante las etapas bajomedieval cristiana y moderna. Este último recinto dispone de un perímetro de 2.500 m., que delimita una extensión cercana a las 220 hectáreas e integró al recinto inicial musulmán. También adquirió una mayor complejidad estructural debido a la edificación de nuevas torres, puertas, plazas de armas y un antemural en el flanco noroeste que conforma un espacio de barbacana.

Desde la puerta de la Azacaya la muralla se prolonga por el paseo de las Murallas y de Antonio Machado y circunda el cerro del Alcázar. Las excavaciones en este espacio han permitido recuperar un tramo importante de la fortificación que incluye un antemural realizado en la etapa medieval cristiana que conforma la barbacana y numerosas torres. En este tramo también integra la puerta de Jaén, que al amparo de la torre de María Antonia era otra de las principales del recinto, y la puerta del Barbudo, denominada también del Rastro desde el siglo XVII. Junto a la puerta del Rastro se ha definido un espacio renacentista empedrado y porticado a modo de soportales que corresponde a un área de mercado a la que se asocian los restos de los despachos de venta y posiblemente los de la oficina pública para el cobro de la alcabala.

Desde la puerta de la Azacaya hacia el norte la muralla discurría por la calle Conde de Romanones, donde se abría la puerta del arco de San León. El trazado continúa hacia la calle Barbacana hasta la torre de los Altares que coincide con el vértice norte del recinto y es la de mayores dimensiones. En este punto la muralla adquiere dirección sureste por la calle Obispo Narváez hasta el vértice sureste del recinto donde se ubicaba la puerta de Quesada. En este tramo de muralla se emplazaban dos accesos principales a la ciudad, la puerta del Cañuelo, coincidiendo con la calle Compañía, y la puerta de Úbeda protegida por otra gran torre y que originalmente constaba de tres puertas que conformaban una pequeña plaza. De estas puertas solo se conserva la interna desde la que se accedía al interior del recinto. La muralla constituye el muro trasero de las casas de la calle de la Merced y en este tramo se ubica otra torre de grandes dimensiones que podría estar relacionada con la protección de la puerta de Quesada. Desde este vértice la muralla adquiere dirección suroeste siguiendo la cornisa del paseo de Antonio Machado y de las murallas, hasta volver a conectar con la puerta de la Azacaya. En este tramo del recinto se inscriben: la puerta de Bedmar; la del Conde, que enlazaba el lienzo de muralla con el Alcázar.

Vista general de la muralla en la calle Atarazanas - Ayto. Baeza

1. Puerta de Úbeda

El recorrido comienza en la puerta de Úbeda. Es uno de los principales accesos del recinto amurallado protegido por una imponente torre. Originalmente disponía de tres puertas que articulaban un pequeño recinto o plazuela entre ellas. Las dos puertas hacia la calle Barreras (C/ Obispo Narváez) no se han conservado, permaneciendo solo la que permitía el acceso desde la plazuela al interior del recinto amurallado. Originalmente esta parte de la fortificación ha sido objeto de numerosas reparaciones y con esta circunstancia se relaciona el escudo de los Reyes Católicos existentes en la fachada de la torre. Esta torre acoge en su interior el “Centro de Interpretación de

Baeza Medieval” que expone el sistema defensivo de la ciudad de Baeza y su historia medieval.

La puerta de Úbeda y su plaza extramuros es uno de los espacios públicos que fue objeto de reordenación en la segunda mitad del siglo XX. A principios de los 60 se demuelen algunas casas adosadas a la muralla y se reconstruye la torre albarrana y el lienzo de muralla con su camino de ronda hasta la estructura denominada el “Torrito”, al que se le añadieron almenas de ladrillo. También se modificó de forma intensa la fuente de finales del siglo XIX situada en el centro de la plaza, eliminando su basamento original y los pilares que recogían el agua de los caños.

Puerta de Úbeda - Ayto. Baeza

2. Lienzo de muralla de la calle Obispo Narváez. (Números 20, 22 y 24). No visible

Hasta el siglo pasado buena parte del lienzo de muralla de esta calle había perdurado, ya que las viviendas se habían adosado a la misma y constituía el límite trasero de sus patios y la mediaría con las casas adosadas a su cara interna. Algunos tramos de ese lienzo aún se conservan, mientras que otros han sido destruidos por los bloques de viviendas más recientes. Una de las secciones conservadas asociada a una torre fue documentada en las excavaciones arqueológicas de 2005 realizadas en el número 24, mientras que en los números 20 y 22 la muralla fue destruida al realizar el bloque de viviendas existente. La información arqueológica establece una cronología de los siglos XIV-XV para este lienzo de muralla.

3. Torre de los Altares

Esta torre situada en uno de los vértices del recinto amurallado es la mayor de todo el sistema defensivo y permitía la defensa de la desaparecida puerta del Cañuelo. Es una torre albarrana que en el siglo XVII sirvió de cárcel de los nobles y de cuerpo de guardia para los soldados. También se utilizó como almacén de enseres militares y en ella se guardaban las puertas de madera de las cercas sanitarias dispuestas en la ciudad durante las epidemias. Su conexión con la muralla se realizaba a través de un arco que formaba una de las puertas de la fortificación y que fue registrado en el año 2004 durante las excavaciones arqueológicas realizadas en el Pósito.

Torre de los Altares en 1905 - Ayto. Baeza

4. El Pósito y la Alhóndiga

Son otros edificios públicos destinados al almacenamiento y compra-venta de grano y a mesón y hospedaje, en el caso de la Alhóndiga. Tras su uso original ambos edificios se utilizaron después como cuartel para alojar a la milicia. Uno de sus fines era la regularización del abasto, permitiendo la disponibilidad de grano en tiempos de escasez por malas cosechas. El Pósito Viejo, fue construido a inicios del siglo XVI y se adosó a la cara exterior de la muralla. Con fachada a la calle Barbacana, disponía de dos plantas. La planta superior estaba destinada a almacenes y en ella se distribuían los graneros, compartimentados con pequeños tabiques de madera, ladrillos y yeso. Esta planta se apoyaba en las arcadas que cubrían la planta baja, que también se usó como almacén de sal.

Las necesidades de espacio del Pósito determinaron su ampliación en 1544. Estas obras conllevaron la reparación del lienzo de muralla y se extendieron hasta la torre de los Altares, conociéndose la nueva edificación como Pósito Nuevo. Su culminación en el 1554 se conmemora en el retablo heráldico existente en su fachada. Sus cámaras o graneros descansan en “cantinas” con sólidas bóvedas. Estas cantinas se disponen paralelas entre sí y perpendiculares a la calle Barbacana teniendo como fondo la muralla. Están construidas con sillares y tres de ellas presentan bóvedas rebajadas mientras que la inmediata a la torre de los Altares fue reconstruida en 1687 con bóveda de medio cañón.

Los graneros de la planta superior se distribuían en dos salas comunicadas por una puerta con escalón. La sala sur disponía de dos líneas paralelas de cinco pilares mientras que la más próxima a la torre de los Altares presentaba una sola línea de cinco pilares centrales. Los pilares se disponían paralelos a la calle Barbacana y sustentarían la techumbre de madera con cubierta a dos aguas. La fachada hacia la calle Barbacana disponía de varias ventanas que fueron cegadas. El pasadizo elevado sobre la calle fue construido en 1810 y comunicaba con la Alhóndiga.

La destrucción de la mayor parte del Pósito en 1996, durante la ejecución de un proyecto de edificación de viviendas sociales en su solar, derivó en una actuación arqueológica de urgencia, realizada tras la paralización de las obras. Una parte de su fachada fue demolida y junto a la torre de la muralla aledaña a la capilla de San Juan Evangelista, se sacaron a la luz las arcadas que sustentaban la planta superior. Hacia su lado oriental, se constató un espacio empedrado que pudo constituir el andén de acceso a los carros para la descarga de mercancías. Otra dependencia rectangular, detectada en esta zona durante la intervención arqueológica, ha sido interpretada por sus excavadores como otra “torre” de la fortificación. Las evidencias arqueológicas muestran que esta estancia se adosa a la muralla, por lo que también podría corresponder a una de las estancias del Pósito. Durante esta intervención, en la clave de la puerta que comunicaba dos estancias de su planta superior, se documentó una cartela epigráfica con la fecha de 1760, conmemorativa de la terminación de unas obras significativas en el edificio.

Los dos inmuebles han sufrido numerosas modificaciones en relación con sus usos diversos. Entre ellas destacamos, las del Pósito Viejo hacia finales del XVII para adaptarlo a cuartel, mientras que la planta baja se seguía usando como “alfolí de la sal”. En el 1748 también se produjo la reconstrucción del lienzo de muralla del Pósito Viejo, que tenía una anchura de 3 varas (2,50 m.), como apunta un documento de 1700. El Pósito Nuevo también fue objeto de importantes remodelaciones a principios del XVIII, al igual que las efectuadas en la Alhóndiga en 1790, cuando funcionaba como posada.

Hacia finales del XVIII el Pósito Nuevo también se destinó a acuartelamiento de la tropa, denominándose cuartel de la Barbacana. La planta superior fue modificada y los antiguos trojes se sustituyeron por alojamientos y pajares, mientras que las “cantinas” se destinaron a cuadras. Estas estancias también se arrendaban a particulares cuando no albergaban a la milicia. Tras la guerra de la Independencia, el inmueble pasó a manos privadas.

En el espacio del Pósito Nuevo aledaño a la torre de los Altares se desarrolló otra intervención arqueológica en 2004 con motivo de obras de remodelación en las viviendas existentes. La información más significativa aportada fue la definición de una sala de la planta superior del Pósito que ocupaba una superficie de 265 m2 y presentaba una línea de 5 pilares paralela a la muralla y que sustentaban otra planta superior abuhardillada de más reciente construcción. También se registró el acceso entre una de las cantinas y la planta superior, a través de una escalera paralela a la muralla que parte del fondo de la cantina. Otra valiosa información es el registro de un vano cegado en el lienzo de la muralla formado por un arco ligeramente apuntado, que aledaño a la torre de los Altares constituiría una de las puertas del recinto amurallado. En la pared de la muralla también se constataron varios huecos de un forjado previo a la construcción del Pósito Nuevo, que nos informan acerca de un edificio anterior adosado a la muralla. En esta actuación también se documentó el muro medianero construido con zócalo de sillarejo y alzado de cajones de tapial y la puerta entre las dos dependencias de la zona noroeste del Pósito. Se trata de la misma puerta documentada en la actuación arqueológica precedente, en la que se registro la epigrafía con la fecha de 1760 recordando las reformas acometidas en ese espacio.

Muchos de los sillares de las cantinas presentan marcas de cantero que también se identifican en la puerta de la planta superior, lo que permite establecer su sincronía en relación con la edificación del Pósito Nuevo hacia mediados del siglo XVI. En el piso de la cantina objeto de la intervención se han documentado varias pilas de decantación relacionadas con una almazara emplazada en este espacio hacia mediados del siglo XX.

5. Puerta del Rastro o del Barbudo

La zona inicial del paseo de las Murallas ha aportado una valiosa información arqueológica ligada a la transformación urbanística que experimenta la ciudad durante la etapa renacentista. En esta zona se ha identificado la puerta del Rastro o del Barbudo y en su exterior inmediato un espacio de mercado. En este ámbito se materializó un proyecto de gran envergadura cuyas obras implicaron: el soterramiento del antemural medieval de la fortificación y la pavimentación de un amplio espacio a modo de plaza empedrada; la remodelación de la puerta del Barbudo conocida desde entonces como puerta del Rastro; el reforzamiento de la muralla mediante la edificación de un muro adosado y de la torre que protegía la antigua puerta del Barbudo con un muro perimetral de sillares; la disposición de un pórtico de pilares o columnas que delimitaba el espacio cubierto que albergaba las tiendas o despachos de venta adosados al muro; y la construcción de la oficina pública para la gestión del mercado y el cobro de la alcabala. Hacia finales del siglo XVI se constata el abandono de este espacio que se usaba como muladar.

6. Puerta de Jaen y arco de Villalar

Esta puerta era una de las principales del recinto amurallado y junto a ella en el siglo XVI se erigió un arco apuntado para conmemorar la victoria del ejército del emperador Carlos V sobre los comuneros en la batalla de Villalar, que tuvo lugar en 1521. Está decorado con los escudos del emperador Carlos V, el de Baeza y el del Corregidor.

7. Postigo de San León o puerta de las Escuelas

Constituye una puerta menor del recinto amurallado junto a la que se situaba la desaparecida iglesia de San León, fundada por Bula Papal a finales del siglo XIV. En el siglo XVI se construyeron las escuelas para niños junto a solar de la iglesia. Más tarde la universidad se traslado a este lugar, edificándose en el siglo XVII la iglesia de San Juan Evangelista que constituía la capilla de la institución. La puerta estaba protegida por una torre, y está formada por un arco de medio punto que integra en su interior una hornacina con un cuadro de la Anunciación y unas jaculatorias del siglo XVII.

Postigo de San León - Ayto. Baeza

8. Lienzo de muralla de C/Casas Nuevas nº 2. No visible y protegido

La intervención arqueológica realizada en este solar permitió documentar la existencia de niveles de ocupación de época romana, medieval, moderna y contemporánea. Los depósitos romanos corresponden a restos de viviendas y a dos sepulturas individuales de los siglos I-II n.e. Las viviendas disponen de estancias de planta rectangular con suelos de tierra compactada y también se ha localizado una estructura hidráulica pileta de la vivienda.

Un segmento de la muralla con una torre adosada y varias fosas de vertidos pertenecen a la ocupación alto medieval (siglos XI-XIII). De época bajomedieval se destaca una gran estructura subterránea excavada en la roca que ha sido interpretada con una función de almacenaje, de donde se han recuperado numerosas cerámicas de los siglos XIV-XV. En época renacentista se reparan las construcciones defensivas adosando un muro a la muralla y a la torre medieval y se documenta también una vivienda que permanece en uso hasta el siglo XVIII. Hasta el año 2004 en el solar se emplazó una fábrica de piensos. La edificación de las viviendas existentes conllevó una excavación arqueológica que permitió la conservación de los restos de muralla bajo las nuevas construcciones.